miércoles 11 de noviembre de 2009

Cementerio Verapaz

Sobrevivió una gallina. De la casa de don Catarino, una de las pocas de ladrillo, apenas quedan los muros. Él estaba trabajando, pero a su esposa y a sus tres hijas las arrastró la correntada que la madrugada del domingo bajó del volcán Chichontepec, justo en el centro de El Salvador. Nadie aquí se explica cómo sobrevivió la gallina.

—Las tres niñas se murieron. Solo han hallado a una, la más grande, y es la que están velando. Las otras dos, a saber dónde estarán. La madre allá abajo la hallaron, golpeada, y la llevaron al hospital de San Vicente. Y dicen que allá murió.

Habla Mercedes Portillo, de 55 años y vecina de Don Catarino. Viste una vieja camiseta gris, falda verde y chancletas de piscina, todo prestado por su hija Teresa. Mercedes es enérgica y lleva la voz cantante en este corrillo de personas que hoy, mediodía del lunes, toman café y comen frijoles licuados y pollo con arroz que trajo una familia altruista llegada desde otro pueblo. La conversación, obvio, gira en torno a la tragedia ocurrida dos noches atrás en Verapaz.


Situado a poco más de una hora al oriente de San Salvador, Verapaz es uno de esos pueblos que rarísima vez aparecen en los periódicos locales. Su caso urbano son –eran– apenas nueve cuadras de largo por seis de anchura, un lugar en el que todos se conocen y donde la palabra ruralidad aún tiene razón de ser. Los hombres llevan con orgullo el sombrero de ala y el corvo colgado del brazo.

Este pueblo ignoto se convirtió de la noche a la mañana en el símbolo de la última tragedia que afecta a El Salvador, un pequeño país que en la última década ha sufrido dos terremotos, una erupción volcánica y las lluvias torrenciales provocadas por el huracán Stan en 2005 y ahora por Ida.

Las cifras oficiales aún bailan, pero el último reporte habla de 144 fallecidos en todo el país, decenas de desaparecidos, unos 15.000 damnificados, 229 casas destruidas y más de 1.800 afectadas. Y cosechas perdidas, y puentes destruidos y carreteras inutilizadas. Verapaz aporta una cuota importante de tanta desgracia.

Mercedes es de las afortunadas entre los residentes de la lotificación El Triunfo. De su casa no queda nada, pero ella, su hija Karla y su compañero de vida, José Isabel Romero, pudieron huir con lo puesto, y ahora están en la vivienda de otra de sus hijas. Perdieron todo: los documentos, la refrigeradora, la cocina, las dos camas y el televisor. Pero lo que más siente ella es que el deslave se llevara también la cosecha de maíz, la de frijoles y el pipián que José Isabel había sembrado. Se perdió el sustento para todo el año.

—Mire, sí vamos a aguantar hambre aquí –dice resignada–. ¿Y ahora? Que ni trabajos hay, y ya uno de viejo que ni puede trabajar.

Alrededor, el panorama es desolador. El volcán está a unos 10 kilómetros, verde intenso bajo el sol radiante, y se ve con claridad el pedazo marrón que se desprendió y provocó un alud de fango, rocas y árboles que devastó esta zona. La lava, como llaman por aquí a estos fenómenos, arrasó con la docena de casas que conformaban la lotificación El Triunfo antes de arremeter e inundar el resto del municipio.

Parece hacerse una idea de lo que ocurrió aquí, basta reflexionar sobre un dato. El pluviómetro oficial ubicado en el volcán registró en seis horas –desde las 10 de la noche del sábado hasta las 4 de la madrugada del domingo– 293 litros por metros cuadrado. Esa es toda la lluvia que cae sobre Madrid en un año entero.

Lo que queda es un solar de lodo resecándose y los tres árboles gigantes que aguantaron la embestida. De las viviendas, apenas el muro de la de don Catarino y la gallina.

Transcurridas apenas 34 horas desde el deslave, las calles del resto del pueblo están llenas de lodo, de rocas y de troncos y raíces, pero también están llenas de curiosos, rateros, socorristas, militares y policías y funcionarios. Ha llegado hasta el presidente de la República, Mauricio Funes.

Mercedes quiso saludarlo cuando estuvo hace unos minutos en la colonia San Antonio, la inmediatamente inferior, pero ni siquiera pudo verlo de cerca. “Los soldados lo empujan a uno, como si le fuera a hacer algo malo”, se queja.


En la parte baja de Verapaz, en el cruce de la 1.ª calle oriente con la 2.ª avenida norte, hay un tapón de escombros descomunal. Lo que más se ve son troncos y raíces, pero también hay pedazos de pared arrancados, rocas, un camión estrujado con un foco aún encendido y enseres varios: un televisor, un par de refrigeradoras, un paraguas abierto.

Encima de todo eso hay un grupo de socorristas de la Ong Comandos de Salvamento con motosierras. Intuyen que debajo puede estar alguna de las 47 personas que siguen desaparecidas. Y junto a ellos, como si fuera parque de atracciones, pasan como pueden turistas que quieren ver los estragos o grabarlos con su celular. No importa que a ambos lados de la calle la Policía haya cruzado dos bandas amarillas con la inscripción “No cruzar”. La curiosidad y el morbo pueden más que el sentido común.

Aquí arriba, en El Triunfo, sube menos gente. De hecho ayer domingo solo recibieron la visita de los rateros que vienen a ver qué encuentran para hurtarlo.

Ahora se acerca al corrillo otro vecino, Mauricio Ramos, un anciano de 74 años que también logró escapar del alud con lo puesto. Está delgado, algo encorvado y su rostro expresa cansancio, pero tiene el orgullo del campo en la mirada. Colgado en su hombro izquierdo, el corvo enfundado.

Pide por favor si le puedo prestar el teléfono para hacer una llamada a uno de sus hijos, que vive cerca de la capital. Han pasado 35 horas y aún no se ha podido comunicar con ellos.

—¿Qué pasó, hijo?
—…
—Por aquí estamos todos fregados, nos llevó todo la lava.
—…
—Aquí, donde vivíamos, pero en la mera lava estoy ahorita.

domingo 18 de octubre de 2009

Bahía de Jiquilisco. Tan cerca y tan lejos

Todo era diferente hace unas horas. El agua ha sustituido al asfalto; hay lanchas y cayucos donde antes había autobuses y carros; manglar en vez de cemento; verde en lugar de gris; quietud y no zozobra. El hace unas horas eran las agresivas calles de San Salvador. Y el ahora es un lugar llamado bahía de Jiquilisco, reducto de exuberante naturaleza situado a poco más de 100 kilómetros de la capital de El Salvador. Tan cerca y tan lejos.

Es una bahía paradisíaca pero no muchos lo saben.

—¿Y el turismo lo ven como oportunidad o como amenaza?

—Para nosotros sería una oportunidad todo y cuando el turista venga a observar nuestros recursos, no a dañar. La apuesta aquí es el turismo sostenible, el ecoturismo –dice Cristabel Flores, directora de Codepa, una ONG que trabaja en y por la bahía desde hace 11 años.

Turismo sostenible, dice.

***

Bautizado por la Nobel chilena Gabriela Mistral como el Pulgarcito de América, El Salvador es el más chiquito país latinoamericano y también el más densamente poblado (una densidad seis veces superior a la de Panamá). Con estas variables no resulta tan sencillo hallar lugares donde el hombre no haya dejado su impronta. Situada en la zona oriental, en un departamento llamado Usulután, la bahía de Jiquilisco representa la mayor extensión de manglares de todo El Salvador. Estos son sus números: 635 km² repartidos entre seis municipios, temperatura promedio mensual superior todo el año a los 20 °C, decenas de especies de reptiles y mamíferos, cientos de especies de aves. Esteros y canales laberínticos, playas blancas e infinitas, islas desiertas e islas habitadas.



En su currículum destacan dos nombramientos. Desde 2005 forma parte del listado de humedales de importancia internacional Ramsar. Y en 2007 la UNESCO le otorgó el título de Reserva de la Biósfera. Pese a estas credenciales, y a que está a menos de dos horas de la capital, la bahía apenas está presente en la cada vez más competitiva oferta turística salvadoreña.

Walter Rojas, de la gerencia de áreas naturales protegidas del Ministerio de Medio Ambiente, prefiere destacar el importante papel ambiental que cumple la bahía, y le apuesta también a un turismo limitado: “Uno de los sueños es fomentar el ecoturismo, ese turismo que comparte con las comunidades, que ayuda a los pobladores y les genera fuentes de ingreso”.

***

Amanece en la bahía. El sol no ha salido, pero ya clarea. En la comunidad La Pirraya comienza el vaivén de lanchas que singulariza a los asentamientos pesqueros. Para las más grandes y atrevidas es hora de regresar. Llegan una tras otra, cargadas con el fruto de una larga noche en mar abierto. Para las más pequeñas, al contrario, el amanecer es el arranque de la jornada, el momento ideal para adentrarse en la bahía y probar suerte. Pero todas, grandes y pequeñas, tienen en común la dependencia del mar y los vistosos colores.

El mar ahora está calmado y plateado. En la orilla los primeros en llegar desembarcan grandes peces. Hay bagres, jureles y pargos, pero en poca cantidad. La pesca, dicen todos por acá, está cada vez peor. Sentado sobre la arena, José Ovidio Perdomo, don Ovidio, observa, quizá añorando los largos años en los que él también fue pescador. Alguien muestra orgulloso un robalo de casi medio metro.

—¿Y aún puede ser más grandes?

—Sí –responde–. Hay veces que hasta de 60 libras. Por ahí tienen tendido uno de 25.




Don Ovidio nació junto al mar y todo indica que morirá junto al mar, en La Pirraya. Tiene 58 años, es bajito, los ojos claros y la piel requemada. Ahora trabaja como guardarrecursos, pero antes le tocó de pescador, camaronero, tortuguero y curilero. Es la voz de la experiencia.

—Don Ovidio, ¿y donde se compran estas lanchas?

—Aquí mismo se la pueden fabricar.

Rosendo Castillo –56 años, grueso y cachucha en la cabeza, como casi todos en la bahía– fabrica lanchas de fibra de vidrio, las más solicitadas. Su taller, por llamarlo de alguna manera, está sobre la línea de playa. Es una humilde construcción de palma y madera con techo de lámina que apenas sirve para proteger de la lluvia y el sol las lanchas en ciernes. Él y sus cuatro ayudantes están construyendo ahora una con nevera, para poder pasar varios días en altamar. Es de las que más trabajo requieren. Tardarán nueve días y cobrarán 3,500 dólares por el trabajo.

—A La Pirraya –dice Rosendo, orgulloso– el primero que vino es un cuñado mío que por allí vive. Después me vine yo.

La Pirraya, de hecho, es una comunidad joven y a la que solo se puede llegar en lancha. Hasta hace unas décadas acá no había casas. Pero en los primeros años de la guerra civil que afectó a El Salvador en la década de los 80, decenas de familias desplazadas terminaron aquí. Hoy la conforman más de 200 familias que en su gran mayoría dependen del mar.

***

En La Pirraya no hay discotecas ni restaurantes de cinco tenedores ni polideportivos ni museos ni parques de atracciones. Lo que sobra es sol, playas, pescado y tranquilidad. Es un lugar ideal para eso que algunos llaman turismo antropológico. Eso sí, el billar que atiende Esperanza Rivas, el único en toda la comunidad, permite degustar al final del día, sobre la arena y por un dólar, la cerveza más fría y agradecida que uno pueda imaginar.

***

El taller de Rosendo está a mitad de camino entre el singular muelle de madera y el vivero de tortugas. Desde hace años funciona en este sector de la bahía una red de guardarrecursos que entre mayo y diciembre están pendientes de los desoves de diferentes especies de tortuga marina: carey, golfina, prieta y baule. Don Ovidio fue por años el encargado del vivero, labor en la que hoy le ha sustituido un joven de 17 años –también de La Pirraya– llamado Moisés García.

—¿Y cuánto tarda en nacer la tortuga carey?

—El manual que nos han dado –responde don Ovidio– dice que entre 55 y 60 días después de la puesta, pero, asegún la temperatura que tenemos actualito aquí, yo sé que nacen siempre a los 55 días. Eso yo lo tengo aquí –y se señala con satisfacción la sien.

Para dentro de cuatro días esperan que una nidada eclosione.

Debido a la merma en las poblaciones, El Salvador decidió el año pasado prohibir todo tipo de comercialización de los huevos de tortugas. Este vivero ofrece a los pobladores tres dólares por cada docena que llevan, y el 100% de las tortugas que nacen son liberadas al mar. Además del beneficio medioambiental, la precisión de don Ovidio para conocer las fechas de eclosión de los huevos han convertido las liberaciones de tortugas en un prometedor reclamo turístico.



Algo similar está ocurriendo con los paseos en lancha o en kayak por el manglar. En coordinación con el Ministerio de Medio Ambiente, las distintas cooperativas y asociaciones comunitarias que conforman Codepa comienzan a ver el filón. Ya se está ofreciendo a los pocos turistas que llegan, por ejemplo, que sean ellos mismos los que recolecten entre el lodo las conchas para luego elaborar cócteles.

Adentrarse en el manglar es toda una experiencia. Con un buen guía y marea alta, uno puede llegar en lancha a canales de agua por los que apenas pasa la embarcación. Sea la hora que sea, ingresar en este laberinto de raíces supone un contacto directo con uno de los ecosistemas más productivos del planeta. La vida se respira. La temperatura baja de forma súbita y el sol se desvanece, al punto que las cámaras fotográficas comienzan a exigir el flash para garantizar imágenes iluminadas.

—Entre más caminemos para adentro, más cerrado –advierte Miguel Rodríguez, el lanchero.

Es hora de retirarse.

***

El manglar circunda Puerto Parada, el cantón al que se dirige la lancha y que funciona como una de las dos puertas de acceso y salida a toda la bahía. La otra es Puerto El Triunfo, otro municipio en el que tener una lancha es más codiciado que tener un carro.



Al llegar a Puerto Parada, un grupo de jóvenes ha formado cadenas humanas que se tiran de forma vertiginosa pero sincronizada los cocos llegados a bordo de una barcaza. Hay bromas y buen humor. Los cocos, la única actividad agrícola en todo el sector oriental de la bahía, terminarán casi todos en San Salvador. Al fin de cuentas, la capital y su asfalto y sus carros y su cemento y su gris y su zozobra están a menos de dos horas. Tan cerca y tan lejos de la bahía.

miércoles 9 de septiembre de 2009

La respuesta amarilla

A nadie parece importarle la muñeca quebrada. No hay sangre ni alaridos, y sin sangre ni alaridos la urgencia es menos en la Sala de Emergencias de este hospital público llamado Rosales, el mayor de El Salvador. Por eso la muñeca quebrada se aleja discreta hacia el fondo, donde aún quedan las sillas azules que nadie quiso. Antes de sentarse ha tenido que ver, aunque quizá ni siquiera ha mirado, las camas multifamiliares llenas de dolor, a la señora de vestido verde llorar recostada en la pared, al anciano descalzo botado en el suelo, a los guardias armados, a los evangélicos con termos de café. Sentada entre todos ellos, la muñeca quebrada es ahora un esperador más, la última en sumarse a un listado infinito.

Tintín y Guacaladita, los socorristas amarillos que la trajeron al hospital, sienten que su trabajo ha finalizado. Entregaron a la paciente estabilizada y rellenaron la ficha exigida. La ambulancia espera fuera. No hay tiempo para despedidas.

—Vámonos, que hay otro accidente… –ordena Tintín, el radio en la mano.
—¿Adónde?
—En el bulevar Constitución y calle al Volcán.

Y otra vez las luces. Y otra vez la sirena.

*****

Asociación Comandos de Salvamento Guardavidas Independientes de El Salvador nació jurídicamente el 20 de agosto de 1962, un lunes, día en que se publicaron sus estatutos en el Diario Oficial. Un par de años antes, el socorrista Edgar Cornejo Díaz y un grupo de conocidos habían decidido crear su propio cuerpo de socorro al margen de la disciplina de Cruz Roja, el único referente de la época. Para diferenciarse, tiñeron de verde la cruz. Y comenzaron.


“Comandos de Salvamento es una institución de servicio público, sin fines de lucro, que tiene por misión auxiliar a toda persona que está en peligro de sufrir daño en alguna parte o que requiere de algún otro tipo de auxilio.” Esta definición, tomada de una revista interna de 2001, pasa por alto una de principales particularidades de Comandos: el voluntariado. Desde sus inicios el grueso de las personas que trabajan por y para esta asociación lo hicieron sin recibir salario alguno. En los últimos años ha habido un esfuerzo por profesionalizar algunas áreas, pero el número de asalariados apenas ronda los 25 entre los más de 3,000 voluntarios que dicen tener en todo el país.

—¿Tú dejarías esto por otro trabajo mejor pagado?
—No, no lo dejo –dirá Jhonny Ramos “Caníbal”, 38 años, comando desde los 12–. Vendría a colaborar como puro voluntario. De hecho, ya tuve un trabajo en un hospital privado, de manejar ambulancias, y al salir del turno de allá me venía para acá.

Del grupo original no queda nadie, ni recuerdos casi. El más veterano hoy es Roberto Cruz “Cusuco”, quien llegó siendo un niño a mediados de los 70 y es el director ejecutivo. De su quinta son Efraín Méndez “Pingüino”, el tesorero; David Martínez “la Chancha” y Wilmer Lobo “Chileverde”. Todos ellos forman parte de la junta directiva por ser de los que más años han entregado. Todos ellos vivieron, por ejemplo, el gran cisma de 1980, cuando la institución se partió en dos. Por un lado, Comandos de Salvamento, por otro, Cruz Verde. Unos se quedaron con el nombre; los otros, con el logo. Aquella fue una separación mal avenida, y no faltaron pedradas y destrucción mutua de vehículos.

—Durante un tiempo llevábamos garrotes en las ambulancias para defendernos –dirá la Chancha.

Desde 1986 la sede central de Comandos de Salvamento está en pleno Centro Histórico de San Salvador. Es una zona que alberga dos tipos de negocios: los que se dedican a comprar todo tipo de material reciclable y los prostíbulos. En las cuadras de alrededor está la mayor concentración de prostíbulos de todo el país.

Por el edificio principal pagan $645 de alquiler. Es una vieja casona de techos altos, suelos embaldosados y paredes forradas con madera. Una docena de ambulancias, la mayoría inútiles, singularizan la entrada al pasaje. Dentro de la casona hay un generoso pasillo con bancas que termina en un patio descubierto. Desde el pasillo se accede a la clínica de primeros auxilios, al cuarto de las camas, a la Sala de Radio, a un baño que huele a baño público, al centro de capacitación y a los despachos de Pingüino –que más parece sala de estar– y de Cusuco. Hay mucho movimiento de personas vestidas de amarillo. Y rara es la pared que no tiene colgados diplomas y fotografías, algunas de ellas descoloridas y acartonadas. Nadie las mira.

—Aquí alquilamos –dirá Pingüino–, el local que hemos comprado es el que está enfrente. Y el sueño nuestro es construir una clínica ahí, ¿va? Estamos haciendo gestiones. Para comprar esta parte estamos intentando convencer a la dueña, pero ella quiere el dinero de un solo y no podemos pagar de un solo.
—¿Cuánto les piden por esta propiedad?
—Sería así como… Hace como cuatro años nos pidió un poquito más de un millón y medio de colones.

El edificio de enfrente, el comprado, es una especie de almacén de desechos donde hay desde vehículos desvencijados hasta gallinas. Adentro viven algunos comandos.

Aunque aún no alcanza para dejar de alquilar, los mecanismos para obtener fondos sí han mejorado con los años. La cooperación internacional –en especial, la Noruega– ha cumplido su papel, pero el mayor desahogo se tuvo a partir de 1998, cuando comenzaron a recibir del Estado una balsámica partida anual. Los fondos permitieron la profesionalización de un pequeño grupo de comandos, la creación de unidades de rescate especializadas y ampliar la presencia a una treintena de ciudades, pueblos y cantones de todo el país. El crecimiento de la institución valió incluso para que Stephen Gleason, un asesor del presidente estadounidense Bill Clinton, propusiera en 2001 a Comandos de Salvamento como candidata para recibir el premio Nobel de la Paz.


Comandos tiene hoy un legado de casi medio siglo de servicio, una red de filiales por todo el país, un presupuesto anual que ronda el medio millón de dólares y un pequeño ejército de voluntarios amarillos entre los que hay jóvenes y viejos, católicos y cristianos, hombres y mujeres –pocas–, padres e hijos, ex guerrilleros y ex militares. Tiene una reputación.

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Apenas hay mujeres en Comandos de Salvamento. Nunca fueron multitud, y con el pasar de los años cada vez son menos porque vestirse de amarillo es muy exigente. Así lo cree Rosa María Gálvez, apodada “Chilindrina”, quien recaló a mediados de los noventa en la institución y se empleó como socorrista primero y en la clínica ahora. ¿Pero a qué se refiere cuando llama exigente la labor del socorrista?

—No sé si se acuerda del último terremoto, en Santa Tecla. Estuvimos ocho días allí, ocho días sin llegar a la casa, sin cambiarnos. Y es más, yo ya ni comía, porque ya tenía penetrado en la nariz el olor a muerto. No le hallaba chiste a la comida. Para mí, eso fue lo más, lo más… este… escalofriante. Porque aparte, de primero sacábamos solo personas muertas, pero enteras, pero de los tres días para allá solo pedazos. Vísceras, o sea, ya no podíamos sacar nada entero. Sacábamos pedazos de pies, pedazos de manos… Las máquinas que metieron, aparte de que ya estaban podridos los cuerpos, los destripaban. Y es más, al final ya ni se recuperaba nada, porque los pedazos se los llevaba el camión de la tierra a botarlos, así.

Exigencia.

Físicamente Chilindrina no se parece para nada al personaje televisivo. Es coqueta –anillos, pulseras, uñas pintadas– y extrovertida, y su mirada es poderosa. Acaba de cumplir 35 años y desde hace siete es madre soltera de Andrea Abigail. Es su familia, dice. La acompaña siempre. Incluso cuando tiene turno nocturno su hija duerme con ella en las camas de la sede central. A Andrea le gusta mirar cómo trabaja su madre. En un rato aparecerá Julio César Ventura, un niño también de siete que vendrá con su padre para hacerse ver los puntos debajo de su cachucha. Chilindrina se pondrá los guantes y los revisará. Todo en su lugar, pero pronto aún para descoser.

—¿Una colaboracioncita? –Chilindrina señalará una alcancía candada.
—No, no tengo –responderá el padre, mirada al suelo.

Raro es que alguien deposite algo.

*****

El corazón de la sede central es la Sala de Radio. Aquí se reciben las llamadas y se coordina la atención de las emergencias. La sala es amplia, iluminada. El aire acondicionado cumple. No tiene ventanas. El mobiliario es parco: además de los equipos de comunicación hay un viejo televisor, gigantografías de rescates, archiveros, pizarras, mesas y sillas. Nada combina con nada. Detrás de una mesa, embutido en una camisola amarilla, está Carlos José Alvarado, apodado “Listo”. Es de los veteranos; lo delatan las canas que blanquean su cabello y su bigote. Llegó a Comandos en 1986. Antes estuvo en Cruz Roja y más antes fue Boy Scout. Trabajó como socorrista y hasta le concedieron la Medalla de Protección Civil. Hoy pasa nueve horas de lunes a viernes en la Sala de Radio. Dice que su fuerte es la comunicación.

—¿Alguna novedad?
—Negativo, estamos revisando la zona, y todo tranquilo –responde una voz metálica desde la filial de Comandos en Antiguo Cuscatlán.
—¿Algún Alfadetango?
—Negativo, negativo, ningún 10-42, ni 43. Todo tranquilo.
—Okey, gracias, pendiente.

Con sonrisa de satisfacción, traduce.

—¿Qué me dijo? ¿Qué me dijo? Pues que no tienen ningún reporte de accidente, y el 10-43 significa que no hay tráfico pesado.

A Listo le gusta platicar, explicar, ayudar. En un par de días me mostrará la menos desordenada de las habitaciones: el despacho del director ejecutivo. De sus paredes cuelgan algunas de las fotografías que más enorgullecen a la institución. Listo las fechará y sin pretenderlo improvisará un tour por las peores tragedias que marcaron la historia reciente de El Salvador: el deslave de Montebello, el terremoto de 1986, la ofensiva del 89, el Mitch, los terremotos de 2001, el huracán Stan.


Le gusta platicar. Y cuando lo hace, ríe. Siempre ríe, excepto cuando recuerda a la madre de sus hijos, Marta Alicia, muerta hace un año. Entonces, Listo se pone rojo y no puede contener las lágrimas.

—Ser comando significa valor, y el que no tiene valor mejor que no sea comando –dirá otro día.

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El despacho de Pingüino, el tesorero, más parece sala de estar que despacho. Siempre hay café caliente y pan dulce a veces, la excusa perfecta para que sea un vaivén de comandos todo el día. Tiene además un sofá-cama que invita cuanto menos a sentarse y platicar.

En la tarde de un miércoles de julio la plática deriva hacia el problema de violencia que afecta a El Salvador. Comandos de Salvamento trabaja en la calle, y las ambulancias –sus ocupantes– transitan por todo tipo de barrios y comunidades. En un país del que ya pocos cuestionan que sea el más violento del continente la pregunta obligada es cuáles creen que son las colonias más peligrosas a las que les toca ir.

—No, no es que nos toque ir –dice el voluntario Roberto Pacheco “Yanqui”–, es que hay colonias donde ya no vamos. En el día no se niega una emergencia, pero en la noche, sí.

Después, Yanqui cuenta cuando unos pandilleros les salieron al paso años atrás en el cantón Plan del Pino, de Delgado. Era de noche. Habían ido porque una llamada les alertó de que una embarazada estaba a punto. El que tenía la escopeta les pidió descalzarse y entregar todo, pero otro de los pandilleros llegó para pedirle que los dejara marchar. Recordó que alguna vez una ambulancia amarilla lo había llevado a él al hospital. La embarazada allá quedó.

—¿Pesa más entonces la seguridad personal que la posibilidad de que haya alguien en peligro?
—La situación es esta –explica Yanqui su extraña teoría–: las llamadas de ese tipo de lugares nunca son llamadas de emergencia, son llamados por enfermedad común, entonces en ese sentido se le dice a la Policía que lo lamentamos mucho, pero que no les vamos a poder apoyar.
—A no se ser que ellos vayan también –matiza Pingüino.
—Es que hoy se siente más temor que para la guerra –apostilla la Chancha.

En este despacho hay muchas rarezas, pero la más sorprendente es el fusil de asalto AK-47 inutilizado que Pingüino tiene sobre su cabeza.

*****

José Ricardo Leiva, apodado “Tintín”, es un aplicado socorrista que está ligado a Comandos desde 1993. Por aquel entonces intentaba ganarse la vida como zapatero, y lo de ayudar al prójimo era algo voluntario, con lo que suponía ser voluntario.

—Cuando yo vine a los Comandos en el 93, nosotros salíamos a recaudar con cajitas, va. Bueno, a mí me costaba porque me daba pena, me daba pena irle a pedir a la gente. Una vez fui al mercado y otra a la zona peatonal, que le llamamos nosotros. La gente colaboraba, sí, pero a mí me costaba, va, me costaba. Yo mejor me quedaba más en la base.

Tintín tiene hoy 39 años y es uno de los pocos que dio el salto del voluntariado al profesionalismo. Gana $200 mensuales, menos de siete dólares al día. Por esa cantidad se pasa la jornada vestido de amarillo, como ahora que, dentro de una Toyota Land Cruiser, habla sobre los problemas que los socorristas tienen con los médicos de los hospitales a los que llevan los pacientes.

—A veces los médicos protestan, va. Cuando llegamos con luces y con sirena. Esto no es emergencia, dicen ellos, y tal vez el paciente está fracturado, con una fractura grave, y ellos dicen ¿y esta es la emergencia que traen? Para nosotros es emergencia; si para ustedes no es emergencia, mala suerte, pero para mí sí es emergencia. Si ya usted la clasifica que no es emergencia, ya es problema muy suyo, va, pero ya nosotros le entregamos vivo el paciente, va.

Entregar vivo el paciente, dice.

*****

Me llamo Maggi Cristina del Carmen, tengo 25 años y no aguanto este dolor de muelas. Arrastro molestias desde hace días, pero ha sido hoy, a eso de las 5 y media de la tarde, cuando se ha convertido en tortura. Me he tomado una acetaminofén, pero por gusto. Y no he querido tomar nada más porque estoy embarazada. De cuatro meses. Para diciembre me lo han dejado.


Algo así dice Maggi cuando a las 9 y cuarto de la noche de un sábado se presenta en la sede central. Pero esas palabras no salen de su boca como se leen, distantes y frías. Ella las pronuncia enlagrimada, balbuciendo, desgraciada de puro dolor, con los ojos rojos de tanto llanto.

—La problemática aquí –Tintín trata de calmarla– es que le ha llegado al nervio, por eso el dolor. Y se lo tienen que cauterizar.

La ambulancia parte rauda hacia el Hospital de Maternidad. Esta vez va sin luces, sin sirena.

El motivo, la hora y el lugar de cada salida y los nombres de paciente y acompañantes quedan registrados en un fajo de hojas anilladas que está en la Sala de Radio. La mayoría de los registros no son rescates milagrosos ni balaceras mortales ni accidentes múltiples. La mayoría son dramas anónimos que se sufren en primera persona: mareos, lesiones caseras, hipertensión, dolores de muela a los cuatro meses de embarazo.

Una de las labores de Comandos es ayudar a calmar lágrimas como las de Maggi.


*****

Wilmer Alexander Lobo es alto y seco. Lo apodaron “Chileverde”. Llegó a la institución en 1979, con 19 años. Ahora tiene 48. Trabajó y estuvo al frente de la filial de Comandos en la problemática comunidad La Iberia, al oriente de la capital. Pero hace un par de años tuvieron que clausurarla. Por las pandillas. La filial estaba justo en la calle que dividía la zona controlada por la Mara Salvatrucha y la zona del Barrio 18.

—Los vagos, los ladrones, los drogadictos… a nosotros nos respetaban, por años, pero los pandilleros nos acusaban de ayudar a la pandilla rival.

Hubo balazos intimidatorios. Y asesinaron a Emmanuel, un socorrista. A Chileverde le tocó clausurar una de las filiales más carismáticas, con más de un cuarto de siglo de historia.

Chileverde tiene esposa –Dora Elisabeth–, tres hijos y dos nietos. Y después de haber entregado tres décadas a Comandos de Salvamento, y de ser el presidente de la junta directiva, hoy vive en Jardines del Sel-Sut, en Ilopango, una colonia donde el agua solo cae de medianoche en adelante. Cuando cae.

Está convencido de que ayudar a los demás es vivificante.

—Vemos personas que es poquito a veces lo que les estamos ayudando, y son súper agradecidos, llegando al grado de que nos dan sus números y todo, y nos dicen que les busquemos para ayudarnos o agradecernos. Otros que hasta han venido aquí, a la base, a agradecernos, ¿verdad?

*****

El encargado del área de capacitación se llama Luis Adalberto Canales Kolatto. Fue afortunado en el reparto de apodos: “Kolatto”. Tiene la piel, el cabello y los ojos claros; si no abriera la boca podría pasar por europeo. Está separado, es padre de dos hijos, ha cumplido 40 años bien llevados y viste de amarillo desde los 15. Nunca ha tenido otro trabajo. A sus quehaceres de comando él agrega los de docente. Forma a los voluntarios y da clases también a estudiantes de la Universidad de El Salvador y de colegios privados con los que hay convenios.

—La principal ganancia que tenemos es que algunos se quedan de voluntarios.

Guadalupe Guzmán y Brenda González, 20 y 18 años respectivamente, son dos estudiantes de enfermería que asisten a sus clases. Están en último año, pero hasta hace unos meses nadie –nadie– les había enseñado a reanimar, a dar masajes cardiovasculares, a hacer el boca a boca, a suturar…

—¿Todo eso no lo aprenden en el liceo?
—No –responden al unísono.
—Habíamos visto los tipos de fractura que hay –agrega Guadalupe–, pero nadie nos había enseñado a inmovilizar.

Kolatto no ha dejado de formarse desde que ingresó en Comandos. Ha asistido a cursos de capacitación en Estados Unidos, Cuba, Costa Rica y Panamá. Desde esa pequeña atalaya se atreve con una dura crítica al endeble sistema de atención de emergencias que hay en El Salvador.

—Hay gente que sí te agradece. Digamos: de diez, una. Las otras personas no valoran tu trabajo ni la forma en que tenés que capacitarte para trabajar con los pacientes ni nada de eso. Pero quizás es más por cultura, porque en otros países sos un paramédico y te respetan. Aquí sos un socorrista y la gente no te respeta. Aquí hay un gran problema cuando vamos a reunirnos con Protección Civil. Que los socorristas aquí, que los socorristas allá, que no están preparados… ¡Pero nadie les paga por eso! Aquí no es como en Estados Unidos, donde si vos te preparás para ser un paramédico o para andar en una ambulancia, vas a atrabajar y vas a ganar. Aquí no.

Aquí no.

*****

El mismo sábado. Son las 6 de de la tarde. Todavía no anochece. Hace tres días fue día de pago y el turno que comenzará en breve se perfila movido. A la joven embarazada Maggi un dolor de muelas ya le está torturando, pero aquí nadie sabe nada aún. Todo está en calma.


Orlando Antonio Villalobos “Lobo” es el radio-operador. Es un joven fornido, creyente y que durante un tiempo trabajó como DJ en una discoteca. Ahora va de riguroso amarillo. Lobo es un voluntario que, a pesar de llevar 12 de sus 25 años en Comandos, no recibe salario fijo alguno. Quizá por eso cuenta con entusiasmo la mayor propina que jamás ha recibido como socorrista. Trasladaron a un salvadoreño deportado desde el aeropuerto hasta Nueva Concepción, en Chalatenango, y recibieron $70 como gratificación. Repartido entre tres, $23 y fichas. Todo un tesoro.

—¿Y creés que este trabajo está bien pagado?
—De hecho, no, no está bien pagado, no está bien pagado ¿verdad? Pero a veces uno se siente bien con el simple hecho de que alguien venga y le diga a uno: “Okey, gracias por lo que has hecho, te agradezco mucho”. O que alguien te diga: “Salvó a mi hijo”.

En otra plática dos días antes, en la tarde del jueves, Pingüino había detallado las condiciones laborales de un comando promedio, las condiciones que Lobo consideraría un sueño cumplido.

—¿Cuánto gana un socorrista?
—El que gana gana unos 200 dólares, digamos, son 100 dólares quincenales –respondió Pingüino.
—¿Y tienen Seguro Social?
—No, no, o sea, ese es un problema. Ese es uno de los reparos que tenemos ahorita de la Corte de Cuentas, que nos dice que nosotros tenemos que darle las prestaciones laborales ¿verdad? Entonces, estamos tratando de ajustar el presupuesto para ver si se meten al Seguro, y para las pensiones. En ese trámite estamos, pero ahora nadie de nosotros…
—Y aquí nadie tiene vacaciones…
—Sin vacaciones. Nosotros nunca tenemos vacaciones.

Todavía quedan lugares así, lugares donde el dinero aún no es lo más importante.

*****

Once de la noche, sábado. A la canchita de fútbol de la comunidad Santa Cecilia llega la unidad 029 de Comandos de Salvamento. Es una ambulancia de las nuevas, menos de dos años, una Kia K2700 acondicionada y equipada con lo básico: tanque de oxígeno, camilla blanda, camilla rígida, instrumental. Dentro van Tintín, el motorista Marlon y un voluntario al que llaman Guacaladita.

En Santa Cecilia esperan Yjaira Azucena Mejía –la muñeca quebrada– y Norma Nohemí Mejía. Forman una peculiar pareja de hermanas. Norma, la menos joven, lleva vestido largo, lentes y un pañuelo devoto esconde su pelo. Yjaira tiene el rostro limpio y bello, como el de una muñeca, el cabello cobrizo hecho cola, jeans y una sugerente chaquetilla.

Se quebró la muñeca mientras jugaban con una pelota en la cancha. Yjaira usó su mano para protegerse de un balonazo, pero se dobló de tal manera que un hueso brotó de la nada. Dice que no le duele. No hay sangre ni alaridos, pero para Tintín el diagnóstico es claro: fractura y traslado.

—¿Usted no está asegurada?
—No. 15 años tengo.
—Pues te toca el Rosales, porque lamentablemente…

Tintín trata de inmovilizar el brazo con un cartón doblado y con una venda hecha jirones.

—¿Cómo sientes? ¿Sientes zocado?
—No.
—Muy bien.

Sin apenas tráfico en San Salvador, en menos de ocho minutos la ambulancia irá desde la Santa Cecilia hasta el hospital público. Y Yjaira se quedará sentada en una silla azul, un esperador más en el drama colectivo que se vive en la Sala de Emergencias.

Pero ahora, en esta noche de estrellas difusas, esa muñeca quebrada es lo más importante para el socorrista amarillo.

sábado 30 de mayo de 2009

Pasión y orines en Vietnam

Gooooool.

Se han conocido hace unas horas y ahora míralos, abrazados como si fueran amigos de toda la vida. Son además abrazos sentidos, de esos que quizá ni se atreven a dar a sus madres. El grupito lo integran cuatro. Uno es un aspirante a filósofo del fútbol, huesudo, cuarentón y ojeras perpetuas; otro es un joven alto, gordo y con lentes, con cara de no haber roto un plato; hay también un periodista treintañero de ojos claros y gesto serio, de esos que viven obsesionados con su trabajo; y el cuarto es un alguien con camisola azul que subió de la fila de delante. Extraños abrazándose. Y no son los únicos. Todos alrededor gritan saltan celebran animan enloquecen. El Salvador ha marcado gol.

—¡¡¡Increíble!!! ¡¡¡Sin palabras!!! ¡¡¡Increíble!!! ¡¡¡Increíble!!!...


El aspirante a filósofo se desgañita bandera en mano. Él es el más expresivo. Tiene los ojos desorbitados y la lengua azul.


La histeria colectiva se canaliza hacia gritos unánimes de El Salvador, El Salvador. Comienza a remitir de a poquito. Continúan las sonrisas, los arrumacos, las miradas de complicidad, mientras cada quien trata de recuperar su pedazo de cemento. También los cuatro. Por megafonía se escucha la Voz. Anuncia el autor del gol y el resultado. Un nuevo rugido. El estadio entero celebra, pero la celebración es más en este sector. La grada se ha transformado en una gran hermandad. Reina esa sensación que llaman felicidad. Nadie diría que son las mismas personas que hasta hace unos minutos estaban tirándose orines unos a otros, rifándose, vejando a las pocas mujeres que llegan, insultándose, irrespetando el himno contrario, degradando a los jugadores negros, descamisando a quien comete el pecado de no ir de azul o blanco.


*****

Hasta se parece al verdadero. Las había desde dos dólares, pero por siete he conseguido una que incluso trae bordado el escudo. Tiene la corona de laurel, los cinco volcanes, el gorro frigio y el arco iris encima, aunque solo de cuatro colores. Meritorio si se tiene en cuenta que quien lo hizo quizá no podría ubicar El Salvador en un mapa. La camisola, más blanca que azul, es Made in China, y espero que sea mi salvoconducto en Vietnam. De casa salí con una que tiene EL SALVADOR inscrito en lo ancho del pecho, pero es de color añil, casi una provocación, me hace ver Wilson Carranza.


Wilson –48 años, bigote, oscuro como café– es compañero de trabajo y amigo. Los partidos de la Liga Mayor no le entusiasman, pero es asiduo de las grandes citas de selección. Podría decirse que es un veterano de Vietnam. Hoy he tenido la suerte de ir con él, con su hijo homónimo y con su padre, Ángel. Tres generaciones que en Vietnam forman una escena familiar atípica. Después comprenderé que no es lo único atípico –atípico– en el comportamiento de Wilson.

Faltan dos horas y media para que empiece el partido, pero los cuatro sabemos que llegamos tarde. Los 400 metros desde el microbús hasta el estadio los hacemos raudos, solo la efímera parada por la camisola. Entre humos de carne asada y hot-dog, nos ofrecen camisolas, cerveza, banderas, pintura para la cara, más camisolas, entradas “Prohibida la reventa” al triple, cachuchas, camisolas... A Wilson incluso le han regalado un pase de cortesía para una barra-show. Lleva impresas dos mujeres ligeritas de ropa, las banderas de los equipos que se enfrentan y una sugerente invitación:


“Hoy sábado cerveza al 2x1 para toda la afición. De 10:00 a 12: P.M. Después del partido te esperamos para compartir! Habrán rifas de bebidas, privados y masajes eróticos. Use este volante como pase de cortesía y sea ud. bienvenido a Kara’s”.


Me lo da y lo guardo. Mientras camino, pienso en el detalle de que no esperan para celebrar, sino “para compartir”. Parece que no hay mucha fe en una victoria.


Subimos la escalinata, mostramos los tiquetes, manos a la nuca para el cacheo policial, y adentro. Vietnam.


*****


Seguro que el “Che” Guevara no estaba pensando en este estadio cuando en abril de 1967 incitó a que florecieran dos, tres, muchos Vietnam. La consigna hacía referencia a la más mediática de cuantas guerras se libraron en la década de los sesenta. Un conflicto a más de 16,000 kilómetros fue pues el que hizo que Sol general se comenzara a llamar Vietnam. En los ochenta lo quisieron rebautizar desde algunas radios como Guazapa, el cerro en eterna disputa durante la guerra civil salvadoreña, pero la idea nunca cuajó.



Vietnam en la actualidad es toda la grada oriente del Monumental Estadio Cuscatlán, frente a Tribuna. Son las entradas más baratas que se ponen en venta. Para este partido, cinco dólares, precio por el que el espectador obtiene, con suerte, un pedazo de concreto en el que poder sentarse, a merced del sol y de la lluvia. Determinar cuánta gente cabe no resulta tan sencillo. Los diarios esta mañana hablaban de 12,000 entradas vendidas. Pero la página web de la empresa propietaria del estadio consigna que la FIFA permite casi 14,000 espectadores. Y la empresa eleva la cifra a 18,000. Lo cierto es que esta tarde muchos verán el partido de pie.

¿Y desde cuándo Vietnam se llama Vietnam? Pues depende de a quién se le pregunte. Ni siquiera hay consenso entre los periodistas deportivos veteranos. Roberto Águila (70 años, El Gráfico) y Sergio Gallardo (59 años, Telecorporación Salvadoreña) creen que el nombre se comenzó a utilizar con el estadio Cuscatlán ya en uso, es decir, a partir de 1975. Raúl Beltrán Bonilla (59 años, Radio YSKL) e Ismael Nolasco (66 años, Canal 12) dicen que el nombre se importó del Estadio Flor Blanca, donde desde finales de los sesenta ya se utilizaba el concepto de Vietnam. “Cuando el Alianza derrotó al Santos de Brasil, con Pelé incluido, fue cuando escuché por primera vez la palabra”, me escribirá desde Houston Ernesto Callejas, un salvadoreño que emigró hace 21 años a Estados Unidos.


En lo que hay coincidencia absoluta entre los periodistas y aficionados veteranos es para señalar que el comportamiento ha ido de mal en peor. Del reporteo para esta crónica surgirán declaraciones como estas: “Meterse ahí es un atentado a la cordura.” “Se arman auténticas bacanales.” “No respetan ni a la madre de ellos mismos.” “Los salvadoreños nos comportamos como tribu todavía.” “Juré que no volvería a ese sector.” “Allí van los mareros.”


¿Será para tanto?


*****

El partido comenzará pasadas las 7 de la tarde, aún no son las 5, pero Vietnam está ya cubierto por un agitado mar azul y blanco. Muchos llevan acá desde la mañana. Y es que madrugar tiene un codiciado premio, como lo es la elección de la ubicación. Aunque suene raro, los aficionados ocupan primero las gradas más alejadas de la grama, por pura lógica medieval. Apelan al mismo principio que se usaba para ubicar los castillos: desde lo alto se puede lanzar de todo y no recibir de casi nada.


No conviene caminar mucho ni siquiera enfundado en el salvoconducto. Nos sentamos en el primer claro que vemos. Wilson, hijo y padre, detrás. Yo, delante, entre un joven alto y gordo y un tal William Quijano. De 42 años y huesudo, Quijano lleva zapatillas tipo All Star, jeans, bandera amarrada al cuello y una cachucha con los colores de El Salvador. Viene a Vietnam desde los partidos clasificatorios para el mundial de 1982 y dice conocer al “Mágico” González. Quijano es un hombre al que le gusta filosofar sobre fútbol.


—Independientemente de si gana o no, siempre hay que apoyar a la selecta.


Un cartel que vi hace un rato parece darle la razón. Decía: “La afición es el apoyo de los que no pueden solos”.



Mientras hablo con el filósofo, noto que algo cae sobre mi espalda. El calor es el elemento que con mayor precisión permite determinar el origen de los fluidos que le tiran a uno. Como la sensación suele ser compartida por un grupito, incluso genera conversación. “Está caliente.” “¡Puuuta madre!” “¡Guácala!” Siempre hay algún optimista: “Era agua, ¿no?” De todas maneras, este no es mi primer partido en Vietnam, y ya aprendí que levantarse desafiante a buscar culpables es contraproducente. “Tiran de todo porque al salvadoreño le encanta la patanería, joder al vecino, pasarla bien a costa de su hermano”, me escribirá días después Ángel Rivera desde Edmonton, Canadá, un salvadoreño que se fue del país en 1990.

Un pequeño helicóptero de la Policía está suspendido a poca altura. Vietnam responde: “Culeeeeros, culeeeeros”. Es uno de los gritos que más escucharé hoy. Se lo gritarán al que lleva una camisa que no sea azul o blanca, a los que toman fotografías desde la grama, a los antidisturbios, al árbitro, a los linieres, al presidente Antonio Saca cuando saluda en la pantalla, al grupo de bailarinas y bailarines, al delegado de la FIFA, al equipo contrario, al que no se sumerge en la ola.


La ola. La Voz se asoma desde su cabina, cree que falta pasión y pide por megafonía que inicie la ola. La Voz es alguien al que pocos ven pero muchos escuchan. Su nombre es Álvaro Magaña –43 años, chele, amplia sonrisa– y es la persona que desde 1987 recita las alineaciones, los goles y las sustituciones en el Estadio Cuscatlán. Hoy ha llegado a las 3 al estadio, vestido con camisa azul. Frente a frente, la Voz es muy elocuente al hablar, como si se hubiera tomado un huacal de café, le cuesta mantener quietas sus manos.


—¿Y qué haces para animar? –le preguntaré otro día.

—Metemos música, metemos la de la selecta, ¿verdad? Arriba con la selección, arriba con la selección... Y le metemos ánimo, ¿verdad? Grito: ¿cómo están los ánimos de El Salvador? ¿Ganamos hoy? ¡Que se vea la ola!


La ola realmente impresiona. Y es el orgullo de Vietnam. A veces, como hace unos minutos, la Voz da la orden de salida. Otras surge de forma espontánea. Empieza en la esquina sur, debajo de la pantalla, y se desplaza en sentido contrario a las agujas del reloj. A esta que están queriendo organizar ahora, cuando falta más de una hora para el inicio del partido, le está costando dar la vuelta entera al estadio. Cuando la ola llega a Platea, se deshace como terrón de azúcar, como si pasar por ahí fuera una obligación. “Culeeeeros.” Ser los promotores de la ola genera cierto tipo de orgullo de clase. Y da la razón a los que creen que en Platea y en los palcos privados el fútbol se ve, pero en Vietnam se vive.



—El partido hay que verlo aquí, no en casa, porque hay que apoyar a la selecta –dice el filósofo.
—Para mí en Vietnam están los más fieles a la selección –me dirá la Voz.


*****

Ni siquiera depende de la indumentaria del rival. Algo que suena tan inocente como vestir de cualquier color que no sea azul o blanco es interpretado como una provocación en Vietnam. Con suerte, al despistado le llueven bolsas de agua y orines hasta que se quita la camisola. Sin suerte, no faltan los voluntarios que se la arrancan ante el aplauso colectivo o el silencio cómplice. La misma escena se repite y se repite y se repite durante las horas previas, y uno no deja de preguntarse por qué sigue llegando gente vestida de otro color cuando es vox pópuli lo que aquí dentro ocurre.


Algo parecido sucede con las mujeres. Minoría absoluta, pero las hay. Vietnam las recibe con agua, con orines, con gritos ensayados de ¡Cuuuulo! ¡Cuuuulo! Algunos parecen tan desesperados que ganas me dieron de regalarles el pase de cortesía para Kara’s. “No dejaría ir a mi hija porque manosean a las mujeres y si uno se opone lo lincha la turba”, me escribirá desde Ciudad de Guatemala Fernando Sánchez, salvadoreño emigrado hace ocho años.


La psicología social tiene un nombre para explicar estos comportamientos: estado de desindividualización. Es más simple de lo que suena. Se resume en que cuando las personas integran grandes grupos aumentan las posibilidades de que incurran en conductas inmorales o agresivas, algo que no harían solas. Aplicado al Vietnam, la multitud es lo que ha institucionalizado actitudes como lanzar orines o irrespetar a las mujeres. Dicen los que saben, y suena bastante lógico, que si no estuviera detrás el grupo que tolera e impulsa la conducta rebañega –rebañega–, pocos se comportarían así.


*****

Falta poco más de media hora y el equipo contrario sale a calentar. Vietnam hierve.


—Parecen gladiadores –dice el filósofo.


Al poco, el filósofo se levanta y bandera en mano comienza a saltar. Todos lo hacemos. La luz artificial domina ya por completo el estadio. Apenas se reconoce el perfil del volcán de San Salvador. “Vamos, salvadoreños, esta noche tenemos que ganar...” Hay batucada, saltos, olas, tumbos. Vietnam hierve. Justo enfrente, sobre los palcos, la luna creciente forma una sonrisa cómplice. Ambiente mágico, anoto en la libreta.


Hace una hora estaban volando una gran piscucha, corriéndola por la franja más cercana a la valla. Ahora sería imposible.


—Está full.

—Sí, es porque bajaron los precios. Así me gusta ver a mí el estadio –me responde el filósofo, y se mete en la boca una especie de caramelo azul.


Para llegar hasta su cliente, los vendedores hacen malabares. En términos generales, ellos sí son respetados, aunque sean mujeres o no vayan de azul o blanco. Es una regla no escrita de Vietnam. En lo que llevo aquí nos han ofrecido dos panes por el dólar, maní con chile, paletas Sabrosita a dos coras, y unas sospechosas hamburguesas de a dólar. Es la economía de Vietnam.


La Voz anuncia al ganador del sorteo de un boleto aéreo, cortesía de TACA. El ganador es el 405 sur palco.


—Si has ido a Solón, te felicito, porque yo quisiera estar ahí –me insistirá la Voz.


Ahora, muy a su pesar, él está en una espaciosa cabina blanca, con aire acondicionado y silla reclinable. Allí arriba raro es que haya menos de cuatro personas, y celebran cuando hay que celebrar, pero no se tiran orines ni se insultan. La Voz parece echar eso de menos. Antes de ser la Voz, Álvaro Magaña fue un auténtico vietnamita.


—¿Y se lanzaban los orines?

—¡Claro! ¡Definitivamente! Si yo tengo hasta experiencia... –ríe– ¿Y sabés qué es lo cómico? Que cuando a vos te agarran para eso, papá, no es solo una bolsa la que te cae, te quiero ser sincero. Yo llegaba al extremo de que llevaba mi cachucha y debajo de la cachucha llevaba mi plastiquito.


De todas las personas con las que hablé para esta crónica, la Voz será el único que cree que Vietnam cada vez es más respetuoso. Ha cambiado para bien, dice.


Los cánticos decaen un poco cuando faltan unos 20 minutos para comenzar. Algo así como dar un paso atrás para tomar impulso, para los himnos nacionales. El de El Salvador, obvio, se canta a pleno pulmón, pero igual o más energías se gastan mientras suena el del equipo contrario. Vietnam –casi– entero da la espalda: patalea abuchea abronca silba vocifera protesta insulta. Por el maldito estado de desindividualización resulta difícil ir contra el comportamiento rebañego. Yo aprovecho para simular que estoy tomando notas, pero el que más me sorprende es Wilson. Al girarme veo que se mantiene de cara a la grama, respetuoso. Atípico.


Cervezas hoy ni se han vendido ni se venderán. Y menos cervezas significa menos orines. Incluso el acceso al agua ha estado y estará restringido. Supongo que esto, unido a lo vibrante del marcador, la amenaza de cierre sobre el estadio y los más de 520 agentes de la Policía desplegados harán de este un partido más seco y menos violento que de costumbre. Al menos en mi sector no hubo grandes peleas entre aficionados, y la Unidad de Mantenimiento del Orden de la Policía apenas tuvo que sacar a dos que tres. “Hoy en día me parece que el nombre de Vietnam ya no le va, tengo amigos vietnamitas y son gente muy pacífica”, me escribirá desde Cheongju Galileo Romero, un salvadoreño que el año pasado se trasladó a Corea del Sur.


Ya va a iniciar el partido.


—Para mí Vietnam es la zona más importante de un estadio, te quiero ser sincero. Si yo fuera futbolista, yo fuera a celebrar primero a Solón –me dirá la Voz, sonriente.


*****

Nos hemos visto por primera vez hace unas horas. No lo sabemos aún, pero el grupito lo formaremos William, el filósofo del fútbol; un joven alto y gordo con el que no he intercambiado palabra; un alguien con camisola azul que saltará desde la fila de delante; y yo, el periodista de gesto serio. Por la cercanía, hemos compartido cánticos, tumbos, olas, orines y otro gol que celebré, sí, pero a la europea.


Vietnam lleva mil horas sin callar.


—Es el alma del Cuscatlán –me dirá días después la Voz.


Minuto veintiséis con doce segundos. El volante Julio Martínez saca de banda hacia Rodolfo Zelaya. A trompicones, el joven delantero se zafa de su marca, avanza por banda izquierda y logra un centro preciso. Cristian Castillo salta como gacela y cabecea...


Gooooool.


Castillo corre, mira al cielo y se arrodilla frente a Tribuna. Vietnam se abraza.

sábado 28 de marzo de 2009

El paraíso feo


Suspenda esta lectura unos segundos. Cierre los ojos primero y piense en el Caribe, imagíneselo...
En serio, hágalo...
[...]



¿Qué imágenes vinieron a su mente? Déjeme intentarlo. Islas en medio de un mar imposible, verde, azul y transparente. Arenas blancas finas en playas infinitas vírgenes. Una barca de remos. Sosiego. Palmeras de troncos largos y curvos coronadas por penachos de grandes hojas. Y de los troncos cuelga una hamaca, y de los penachos cuelga la sombra sine qua non. Detrás, un sol perpetuo. Y un cielo intenso salpicado por nubes tímidas. Y una brisa agradecida que levanta olas diminutas. Y dos pelícanos.
Otra opción es encender su computadora e introducir la palabra Caribe en el buscador de imágenes Google. El resultado será similar.
Hay lugares consensuados en el imaginario colectivo. Incluso quien nunca los ha visitado se atrevería a describirlos. Ocurre con la Antártida, el Sahara o el altiplano andino, y pasa también con el Caribe, que es el que nos ocupa. En el reparto de estereotipos, al Caribe no le fue tan mal en realidad. En las agencias turísticas de Europa y Norteamérica se vende como lo más parecido al paraíso. Por eso el boom de cruceros y de hoteles “All Inclusive” y Cancún y Santo Domingo y Roatán y Cartagena de Indias. Millones de personas pagan cada año cientos, miles de dólares por unas vacaciones que les permitan regresarse con el mar imposible, las playas infinitas y el sol perpetuo en sus cámaras.
Pero los lugares como Marlinda seguirán escondidos.

***

Tiene veinticinco años y se llama Juana Isabel Caicedo. Es alta, espigada, larga cabellera y poderosa dentadura, más blanca por el contraste. Ella y los demás acá son negros. Juana Isabel trabaja para una ONG holandesa que hace un par de años abrió un hogar para niños marginados. El edificio impone. Es blanco como nieve y tan grande que hace ver aún más desdichadas las casas de alrededor. Está en primerísima línea de playa. Apenas hay unos seis metros entre el punto donde esta tarde mueren las olas y la barrera de rocas que levantaron.
—¿Y para qué las piedras?
—Es por las inundaciones –dice Juana.

Por las inundaciones.

***

Caribe es el nombre del mar y, por extensión, las costas que salpica también son Caribe. Es un mar extenso, más que México. Sus aguas bañan 21 países y no menos de una docena de islas y archipiélagos aún bajo dominio europeo o estadounidense. Trampolín de la conquista española hace 500 años, el Caribe también tiene prensa por ser zona de huracanes, por sus añejas historias de piratas, por la belleza de sus mujeres y por el boom turístico de las dos últimas décadas.



Y dentro del Caribe está Cartagena de Indias. Cartagena es la ciudad colombiana que más turismo atrae. Su secreto radica en haber sabido complementar sus atributos caribeños –sol, playas, palmeras– con un vistoso conjunto histórico, con precios irrisorios para quien paga en euros o dólares y con una efectiva política gubernamental que la convirtió en un escaparate nacional para atraer también al turista de gran poder adquisitivo. Para lograrlo, la pobreza, que afecta a dos de cada tres cartageneros, se relegó hacia las barriadas, creando así dos ciudades superpuestas. Un artículo publicado el pasado 23 de enero en el Washington Post lo describió así: “Para el Gobierno del presidente Álvaro Uribe, Cartagena simboliza una nueva Colombia, vibrante y próspera. Pero fuera de los muros coloniales de 400 años y del encanto de esa ciudad histórica hay barrios tan miserables que los responsables de la salud pública comparan sus condiciones con las del África subsahariana (...). La mayor parte de sus residentes son negros, el tráfico de drogas es algo habitual, los niños están desnutridos y son comunes las epidemias de enfermedades curables”.

Y dentro de esa Cartagena está Marlinda. Situada hacia el norte, a apenas 20 minutos en carro del centro histórico, Marlinda es una comunidad conformada por unas 1,500 personas. A inicios de la década de los noventa, familias procedentes del vecino pueblo de La Boquilla se tomaron a la brava la franja de tierra –600 metros de largo por 150 de anchura– comprendida entre el mar y un humedal con graves problemas de contaminación llamado la ciénaga de la Virgen. Arnulfo y los demás ahí pusieron sus ranchos, y ahí siguen todavía.

***

Hollywood vino a Marlinda con sus cámaras, sus actores y sus dólares. Necesitaban un lugar indigente y soleado que con poco trabajo pudiera pasar por una comunidad rural cartagenera de hace un siglo. Aún hoy se recuerdan aquellos días de 2006 como los días de las ganancias aseguradas. Después me detallarán.

***

Aún es mi primer día aquí, y falta un par de horas para que anochezca. Camino por la playa hasta que me topo con una casa sobre la arena. Es también de madera, pero grande, y la tienen pintada de rojo, blanco y azul. Colores vivos, como retando al mar. La familia que la habita tiene el Caribe literalmente en la puerta de casa. Si no fuera por la gruesa barricada que han levantado, las olas se colarían en la vivienda, que también funciona como tienda.
—Este año estuvo menos lleno, pero hubo más tema porque la alcaldía se vino y comenzó a meter a la gente en los colegios.

Habla el padre de familia. Es un tipo cincuentón, desconfiado, capaz de inventarse que la directiva les prohibió dar los nombres a extraños. Se refiere a las inundaciones y al hecho de que el último noviembre, tras el desbordamiento, llegaron los albergados, los titulares en los periódicos, las visitas de la alcaldesa y luego del embajador estadounidense. Algo que no había pasado ni en los años en los que el agua subió más y tardó más en irse.

Marlinda está comprimida entre el Caribe y la ciénaga. Cada mes de noviembre, cuando finaliza la estación lluviosa, la ciénaga está llena a reventar. Esos días también ocurre lo que los colombianos llaman mar de leva, mareas altas. El resultado es siempre el mismo: casi toda la comunidad se inunda. Lo que varía de un año al otro es el número de semanas que pasan con el agua fétida dentro de las casas.

El dueño de la tienda dice que no le molesta mucho. La inundación afecta más a los que viven más cerca de la ciénaga, y él cree tener el problema bajo control añadiendo rocas a su improvisado rompeolas. Cuando le pregunto por el cambio climático y sus efectos, tampoco se inmuta, a pesar de que el pronóstico acuerpado por el Gobierno colombiano para la costa caribeña es que el mar subirá 40 centímetros para el año 2050.

—¿Y no ha pensado irse a otro lugar?
—Para mí lo más bonito es todo esto de aquí, La Boquilla y Marlinda, y no soy nativo, ¿eh? Pero para salir de aquí tienen que llevarme con los piecitos palante.

***

Marlinda está marcada por eso que llamamos la miseria.

Pero decir hoy miseria nomás es decir nada, una cortesía con el lector, una manera de disfrazar, una etiqueta fácil.

Se ha prostituido tanto que decir miseria, míseros, miserables nomás es como dar un porcentaje frío o como recitar los objetivos del milenio. Decir miseria nomás es ahorrarse las descripciones. Se ha convertido en eufemismo. Decir miseria nomás no evoca, por ejemplo, las condiciones de vida de Arnulfo y su hijo de nueve años; no evoca su hogar, con paredes hechas de tablas de madera y a dos pasos de una ciénaga putrefacta llena de mosquitos, un hogar que tiene cuatro metros de largo por dos de ancho –digo: 4 metros de largo por 2 de ancho–, sin cochera, sin cuartos, sin cocina, sin baño; un hogar en el que solo caben un catre y sobre el catre una colchoneta regalada y una hamaca ennegrecida y una silla de plástico y una mesita y un foco y un televisor estropeado; decir miseria nomás no evoca ver a Arnulfo cocinar durante 18 años con un fuego que enciende en la entrada, sobre el piso de tierra, y que intenta contener con tres ladrillos; no evoca tener nada que llevarse a la boca; no evoca pasar tres o cuatro semanas al año con agua hasta las rodillas dentro de eso que llaman hogar.

Decir miseria nomás no evoca la miseria.
—¿Y dónde va usted cuando quiere mear?
—Ahí, en el patio, en el patio del rancho, porque aquí no hay servicio de baño todavía ni nada de eso.

***

Ya es martes, segundo día en Marlinda. Ever Minota –veintipocos, fornido, colocho y bigotillo– está en la playa con su pequeño hijo, una pelota y dos amigos. Son de Olaya Herrera, uno de los barrios más peligrosos de Cartagena. Como sabe algo de albañilería, Ever ha venido a ayudar a su cuñado a levantar muros. Aún son minoría entre la maraña de ranchos de madera, pero en algunas casas ya dieron el salto al ladrillo. Con la obra intentan también elevar algunos centímetros el piso. Parece no haber mucho interés en irse de este tugurio. Mañana entenderé.

***

Para llegar a Marlinda en vehículo se maneja tres kilómetros sobre la playa. No hay carretera de acceso. Y no es esta la única rareza. En Marlinda no hay iglesia católica ni evangélica ni unidad de salud ni asfalto en las calles ni Pizza Hut ni instituto ni delegación policial.

Pero hay una mezquita.
—¿Y cuántos musulmanes viven en Marlinda?
—Aquí puede haber unos cuatro o cinco nomás –responde Arnulfo.

Pero hay un billar con siete mesas –siete– que, además de cervezas glaciales a $0.45, vende aceite para cocinar, pampers, papel higiénico y Gatorade.
—¿Por qué tantas mesas en el billar?
—Ahí se juega bastante y hay muchos de La Boquilla que se vienen van pa'cá –Arnulfo.

***

Daisuri Hernández es una Naomi Campbell de 16 años. Alta, proporcionada, grandes ojos y pelo largo y trenzado. Al mirarla, me pregunto hasta dónde podría haber llegado si hubiera nacido en otro lugar.

La acabo de conocer gracias a John Luis, un muchacho de 12 años que no me llega ni a la cintura y que se acercó descalzo hace tres cuadras para preguntar qué hago en Marlinda. Me dijo que vende caracol, le pregunté por sus clases y le pedí que me escribiera su nombre en mi libreta. Acertó con la palabra John, pero en vez de Luis puso Laos.

Daisuri está en el rancho de Juana Iris, su hermanastra, pegadito a la ciénaga. Hiede. Hablamos largo de los problemas de la comunidad, de las inundaciones que se prolongan semanas en este sector y de los días en los que Hollywood vino a Marlinda con sus cámaras, sus actores y sus dólares.

En octubre de 2006, la productora estadounidense Stone Village filmó aquí algunas escenas de “El amor en los tiempos del cólera”. Basada en el libro homónimo de Gabriel García Márquez, transcurre en la Cartagena de finales del siglo XIX y principios del XX. La protagoniza Javier Bardem. Los equipos de producción estuvieron llegando durante casi un mes, y para muchos fueron días de ganancias aseguradas. A Daisuri le pagaron $75 por un día de actuación como extra. El alquiler mensual de la casa en la que estamos no llegaría, me dicen, a los $12.
—Teníamos que hacer como si estuviéramos conversando, pero sin que se oyera –dice, orgullo en la mirada, Juana Iris, quien también se disfrazó.

La prosperidad momentánea llegó con los tiempos del cólera. La productora incluso tuvo el detalle de llevar postes de la luz hasta rincones de la comunidad donde aún no había.

“El amor en los tiempos del cólera” se estrenó a finales de 2007.
—¿Y ya la viste?
—No –responde Daisuri, como si fuera la repuesta lógica.

***

John Luis –Laos– Jiménez dejó de ir a la escuela porque su tía Jenni Meléndez no pudo pagarle el uniforme.

***

Arnulfo es Arnulfo Guzmán Jiménez, un optimista. Físicamente se trae un aire al Don Ramón de El Chavo del Ocho, pero en negro. Delgado, nariz chata, bigote espeso, pocos y maltratados dientes. Vive en una casa miserable junto a su hijo Luis Enrique, de nueve, y un perro enclenque. Arnulfo habla de su papá Prisco con respeto. Murió hace años, pero lo cita en presente: mi padre dice...



Arnulfo tiene 48 años y 18 los ha pasado en Marlinda. Nacido en La Boquilla, fue de los primeros que se dejó convencer de que como nativos también tenían derecho a invadir la franja de tierra. Llegaron cuando no había nada. —Allá donde vivo yo es siempre la parte que vive más inundada y más llena –dice, resignado.
—¿Y por qué eligió ese lugar si fue de los primeros en llegar?
—A mí me gustó porque yo siempre he sido pescador, y ahí estamos en la orilla de la ciénega, y a mí me gusta tener mis criaderos de sábalos, aunque ahora no los tengo porque...
—¿Criaderos de qué?
—De sábalos.

Al igual que muchos en Marlinda, Arnulfo tiene en la puerta de su casa una especie de piscina hecha con tablones. Hiede. Aquí intenta criarlos. Los sábalos, explica, son un pescado que uno lo echa uno así, pequeñito, y lo saca de hasta 6 kilos, grande. Es la teoría que les enseñaron. En la práctica, nunca ha podido vender sus pescados porque la ciénaga se desborda cada noviembre y los peces se escapan de su rudimentario cerco. —El criadero lo hace uno en la ciénega, pero tiene uno que comprar madera, para meterle madera, y alzarlo, pero todo eso se hace con plata, y como yo no he tenido dinero, no he tenido para alzarla.
—¿Y cuál era el negocio entonces?
—Ninguno –y ríe.

Arnulfo ríe. Ríe cuando enseña su miserable casa, ríe cuando cuenta que lleva tres meses sin pagar la luz, ríe cuando explica que en la ciénaga ya casi no hay pesca, ríe cuando comenta que a él lo contrataron en la película para montar escenarios por $12 diarios, y ríe cuando contesta que tampoco la ha podido ver.

Está a punto de cumplir medio siglo de vida y Arnulfo nunca ha viajado. Es muy probable que se muera sin haber salido de Cartagena.
—¿Y no le gustaría conocer más?
—Hombre, claro, a uno le gusta conocer Barranquilla y todas esas partes, pero a dónde... No hay.

***

Cuando llegué a Marlinda por primera vez hace dos días lo hice en motocicleta-taxi. Un joven de nombre Vladimir me trajo por poco más de $2 desde el centro histórico de Cartagena. Carretera hacia Barranquilla, nos detuvimos primero en La Boquilla, preguntamos un par de veces, recorrimos los tres kilómetros de playa y me dejó aventado en una comunidad miserable. Solo. Temeroso, vine nomás con lo puesto.

Hoy hasta me he traído la cámara digital.

La pobreza y la inseguridad no van siempre unidas de la mano.

***

Atardece. Tres días en esta comunidad han manchado mi libreta de anotaciones sobre la miseria y sobre lo que supone vivir con la certeza novembrina de las inundaciones. Un triste presente para quienes ponen rostro a esas cifras de pobreza que llenan los informes oficiales. Y un no futuro si se cumplen los augurios sobre el impacto del cambio climático en la costa caribeña. Visto así, el único atenuante para seguir viviendo en Marlinda es el relativo ambiente de seguridad que describen sus vecinos. Pero me suena insuficiente.

Regreso con Arnulfo a la playa justo cuando el sol comienza a ocultarse y el mar parece una bandeja de plata. Dentro del agua hay seis jóvenes. Los menos usan trasmayo; los más, un rudimentario artilugio de pesca compuesto por un anzuelo y una botella vacía sobre la que se enrosca el hilo. Al rato, uno sale, satisfacción en el rostro, con un pescadito que coloca dentro de una vieja y descolorida barca. Me acerco. Salvo el último que aún boquea, yacen inertes una veintena de distintas especies: matacaimanes, narizdemantecas, roncos, marulandas. Ninguno supera los 25 centímetros, pero cocinados con arroz, dicen, alimentan lo suficiente.



Sentado y descalzo, José Miguel Ortega –85 años, cachucha, 7 de sus 13 hijos vivos– cuenta que era mucho más lo que se sacaba años ha.
—Si la picada estaba caliente, tirarlo una vez bastaba.

Empapado y sonriente, Hernán Martínez –26 años, cachucha, un hijo con Zuleima María– no se queja cuando saca su sexto pescadito. Hasta hace unas semanas más espaciado, pero ahora que está sin trabajo viene cada dos días. Son pueblo de pescadores. Y el mar todavía da de comer. Quizá por eso pocos ven su futuro fuera de Marlinda. El Caribe que los amenaza es también el Caribe que los alimenta.

*****
Este artículo apareció publicado por primera vez el 29 de marzo de 2009 en la revista Séptimo Sentido, de El Salvador. Puede verlo pulsando acá (páginas 12 a 17).

miércoles 21 de enero de 2009

Jon Sobrino, el obseso


El nombre de un periodista no es algo importante para Jon Sobrino. En realidad, el periodismo en sí, tal y como está concebido en la actualidad, no es algo importante. “No me interesa todo eso, ese mundo de los millones, de los medios que son más o menos de derecha o un poquito de izquierda”, dijo la tercera vez que hablamos frente a frente. La segunda vez había sido el 30 de noviembre, poco después de oír cómo cantaba el “Cumpleaños feliz”. Me le acerqué una vez finalizada su misa, como habíamos acordado por teléfono.
—A ver, ¿tú eres Antonio Valencia? –preguntó.

—Roberto, padre, Roberto Valencia.

—Roberto... ah, entonces sí te conozco. Vamos a ver –enérgico–, ya te dije que ahora no te voy a recibir, pero ¿qué es lo que quieres tú?


Siete
días después salió con eso de que no le interesa el mundo de los millones ni aparecer en los medios. Esa tercera plática fue más cordial. Fijamos una entrevista larga en su despacho para las 4 de la tarde del día siguiente y volvió a confundirme con Antonio. Se justificó diciendo que Antonio Valencia le sonaba a un portero que tuvo hace unos años el Athletic de Bilbao, el equipo de fútbol de la Liga española. Pero ese portero se llamaba Juanjo Valencia.

“Yo soy diabético, de dos inyecciones diarias, para que lo pongas.” Su mala memoria selectiva –solo para nombres y rostros– la atribuye a la diabetes. Y es selectiva porque Sobrino, el jesuita salvadoreño amonestado hace ya un par de años por el Vaticano, tiene 70 años, pero es uno de los teólogos más leídos y traducidos en todo el mundo, continúa celebrando misa en la misma iglesia donde lo ha hecho por casi 20 años y se mantiene firme en lo que décadas atrás alguien bautizó como la opción preferencial por los pobres. Y sigue publicando cuanto puede. Y sigue con sus pensamientos enfocados en lo que él cree que es importante.

En la entrevista de las 4 en su despacho, tras casi dos horas de plática, le pedí que me firmara un ejemplar de uno de sus libros. Lo abrió y con letra clara y legible, de estudiante aplicado, escribió: “Para Antonio Valencia. Con agradecimiento y esperanza. Jon Sobrino”.

***

Faltan segundos para las 8 de la mañana. Hoy es 30 de noviembre, domingo. Sobrino sale de la sacristía serio, mirada perdida, casulla morada de Adviento. Lleva pegada al pecho una Biblia verde con un cordelito rojo para separar páginas. Camina hacia el altar despacio, casi arrastrando los pies. El coro, nutrido y voluntarioso, está cantando una canción que dice que los pobres esperan el amanecer de un día sin opresión. Quizá eso llegue alguna vez, pero hoy se tienen que conformar con un día de cielo azul intenso pero fresco. Sobrino se frota las manos, se acomoda los lentes.

Esta es la iglesia de El Carmen, en el centro de Santa Tecla, una ciudad que forma parte del área metropolitana de San Salvador, la capital del país. El párroco aquí desde 1991 es otro jesuita llamado Salvador Carranza, alto, barbado, septuagenario también. Al poco de su designación, pidió a su amigo Sobrino que le ayudara a celebrar. Y le aceptó. Salvo viaje al extranjero o quebranto serio de salud, todos los domingos a las 8 de la mañana inicia su misa, como está sucediendo en este instante.

Llamar templo a esto es una cortesía. La centenaria iglesia dedicada a la Virgen del Carmen quedó semiderruida por un terremoto en 2001. Las misas reiniciaron meses después en este improvisado, largo y estrecho galerón de láminas con ventanas por doquier, techo falso y luces fluorescentes. Lo levantaron a la par. Trajeron las bancas, un pequeño retablo, dos atriles de madera tallados y cuanta escultura sobrevivió al sismo. Y se logró un lugar acogedor, pero que está a años luz de la solemnidad de catedrales ciclópeas o milenarias. A Sobrino la sencillez que le rodea no parece incomodarle; al contrario. Y lo explicitará durante la homilía.

—Jesús jamás habló de que él estaría en una catedral bellísima...

La frase entera la podrán leer más luego. Ahora el coro sigue cantando la canción que dice que los pobres esperan un día sin opresión, la primera de nueve. Las dos últimas serán “Las mañanitas” y “Cumpleaños feliz”. Hoy es el cumpleaños de Salvador Carranza, a quien acá todos conocen como padre Chamba. Cumple 72, una edad que dicen que es muy bíblica. Español de nacimiento, llegó al país en 1956, un año antes que Sobrino. Ambos forman parte de ese grupo de jesuitas sin el que resulta complicado explicar la historia reciente de El Salvador. Son los que crearon la Universidad Centroamericana (UCA), los que abrazaron la Teología de la Liberación, los que educaron, los que fueron llamados comunistas, los masacrados, los involuntarios protagonistas del Museo de los Mártires, los que al final de la misa estarán acá, septuagenarios, escuchando a 200 parroquianos cantar en una iglesia-galera algo tan poco eclesial como “Las mañanitas”. Juntos en el altar, el padre Chamba y Sobrino cantarán también, sonrientes.

***

La sinopsis de sus primeros 68 años de vida sería así: Jon Sobrino Pastor Gaztañaga Larrazabal nació en plena Guerra Civil española, el 27 de diciembre de 1938. Nació en Barcelona. Sus padres –Juan y Rosario– habían escapado un año antes desde Barrika, un minúsculo pueblo del País Vasco. La familia regresó a su tierra cuando Jon tenía 10. Con apenas 17 años, ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en Orduña, cerca de Bilbao. Con apenas 18 años, fue enviado al noviciado de la Compañía de Jesús en Santa Tecla, cerca de San Salvador. Fiel al espíritu jesuítico, tuvo una sólida formación en algunas de las mejores universidades del mundo. Estudió en Cuba, en Estados Unidos y en Alemania. Para 1973 ya tenía las carreras en Filosofía, Ingeniería Mecánica y Teología, de la que se doctoró. Regresó a El Salvador para instalarse de forma definitiva. Vivió la metamorfosis de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Sufrió lo peor de la guerra. Se nacionalizó. La masacre. Se esperanzó con la firma de los Acuerdos de Paz en 1992. Sintió –siente– vergüenza por este mundo. Y mientras, publicó cuanto pudo sobre Cristología, sobre Romero, sobre los pobres, sobre liberación. Todo eso y más hizo en sus primeros 68 años de vida. Pero ahora tiene 70.



En noviembre de 2006 se aprobó la Notificación. Tras largos años de estudio de dos de sus libros –“Jesucristo Liberador” (1991) y “La fe en Jesucristo” (1999)–, el papa Benedicto XVI mandó publicar el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe que catapultó a Sobrino. De ser un teólogo respetado y reconocido en círculos religiosos pasó a encarnar la víctima del conservadurismo que se le achaca al Papa. No es que partiera de cero, pero lo convirtió en un fenómeno mundial. Si se busca entre las páginas en inglés que aparecen en Google, “Jon Sobrino” tiene más entradas que “Antonio Saca”, el presidente de la República salvadoreño. En Wikipedia hay artículos sobre Sobrino en 10 idiomas diferentes. En inglés, en francés, en alemán, en japonés y hasta en húngaro siempre aparece como uno de los estandartes de la Teología de la Liberación, la corriente que irrumpió con fuerza a finales de la década de los sesenta y cuya filosofía podría resumirse en un principio: que la Iglesia católica debe tener una opción preferencial por los pobres.

—¿Cuáles son las consecuencias exactas que tuvo la Notificación para usted?

—Bueno, consecuencias... La Notificación es un texto, ¿verdad? Hacemos saber que el padre Jon Sobrino ha escrito unos libros que contienen tal y tal... ¿Qué consecuencias oficiales ha tenido? Pues a mí no me ha impuesto nada. Hombre, obviamente, para alguien que tiene sentido común es una llamada de atención seria, eso sí, pero consecuencias de por sí, oficiales, no. Otra cosa es todo lo que me colgaron.

—Pero dejó de dar clases en la universidad.

—Dejé de dar, pero eso no fue porque la Notificación lo prohibiera expresamente. Ya estoy dando de nuevo, di un curso sobre identidad cristiana, y en marzo voy a dar otro sobre la teología de Ignacio Ellacuría. Pero indudablemente la Notificación sí generó un ambiente, y eso es evidente, que no facilita el trabajo.

—La impresión de sus libros ¿está permitida?

—Sí, cómo no. Acaba de salir otro libro mío.

La realidad es que la tan traída y llevada Notificación, aun siendo un hecho extraordinario dentro de la Congregación, fue un sopapo moral público, pero no acarreó sanción concreta alguna. Sobrino siguió haciendo lo que para él sí es importante: oficiar misa, publicar libros, denunciar lo denunciable, continuar como director del Centro Monseñor Romero de la UCA.

***

—Buenos días tengan todas y todos ustedes.

Las palabras resuenan amplificadas en el galerón por un sistema de sonido rústico pero eficaz. Siempre repite las mismas.

Sobrino apoya sus manos sobre una mesa hueca cubierta por un mantel blanco con bordados. Iluminada por dentro, sirve de sepulcro a un Jesucristo yaciente que el Adviento todavía no ha ocultado. La figura está detrás de un cristal, recostada sobre dos cojines y ensangrentada en rodillas, muslos, cuello y torso. Su rostro es de serenidad, ojos cerrados. No da sensación de sufrimiento. Es una de las esculturas sobrevivientes del terremoto, de una finura que contrasta con el ambiente espartano a su alrededor. Hay afiches colgados con las fotografías de Monseñor Romero y del sacerdote jesuita Rutilio Grande, asesinados ambos. La última vez que los dos y Sobrino coincidieron en un mismo lugar fue el 12 de marzo de 1977. Rutilio estaba dentro de un ataúd. “Yo creo –me dirá días después– que me bautizaron de verdad como cristiano el día que mataron a Rutilio Grande... y sé que es lenguaje provocativo, ¿verdad? Y además, ese día me bautizaron como ser humano.” La presencia de esas imágenes en la iglesia no es casual ni decorativa. Rutilio y Romero también están en su despacho de la UCA y en el diminuto cuarto donde duerme. Son algo importante.

Ahora está leyendo con desgana las intenciones, que hoy son todas de acción de gracias: por la graduación de Ricardo, por los 15 años de Armando... “Y pedimos perdón a Dios por lo que hacemos mal y hace sufrir a los demás.” Silencio.

Visto desde aquí, encanecido y delgado, parece poca cosa. Nadie diría que alguien así ha soliviantado durante años a Joseph Ratzinger, la persona que hoy rige el destino de la Iglesia católica bajo el nombre de Benedicto XVI. Ratzinger fue quien como prefecto le abrió los procesos y quien firmó la Notificación. Y aunque a Sobrino no le haga mucha gracia, esa representación de David contra Goliat que le ha tocado interpretar siempre ha sido muy atractiva para el “establishment” que él combate. Es discutible si convence, pero no hay duda de que su lucha seduce. En el popular portal de internet Facebook hay un grupo que se llama Friends of Jon Sobrino SJ. Del extranjero lo invitan con frecuencia para dar charlas y seminarios, es hombre de mundo y conoce algunos buenos hoteles. Y ni siquiera en El Salvador escapa a situaciones en las que él se siente como pez fuera del agua. En sus apariciones públicas, rara es la que no concluye con la firma de autógrafos o con él posando junto a admiradores frente a alguna microcámara de un teléfono celular.

Sobrino no cree que sea para tanto.

—Tú pon lo que quieras, pero yo creo que la gente que se acerca a mí no es por famoso. Es por amistad o quizá por agradecimiento, porque yo represento un poquito a los mártires; un poquito, ¿verdad? Desde luego, con Beckham no tengo nada que ver. Ni yo ni el padre Ellacuría ni Monseñor Romero.

***

Sobrino está vivo por conocer el idioma del imperio.

La segunda y la tercera, junto a la iglesia de El Carmen. Pero la primera vez que hablamos frente a frente fue el 24 de marzo de 2008. Sobrino entonces ni siquiera sabía que alguien llevaba tiempo siguiéndolo para este perfil. Aquella resultó una conversación imprevista, fugaz, recelosa y a tres bandas. El tercer interlocutor era Leonardo Boff, teólogo brasileño que se encontraba de visita en el país y me había aceptado una entrevista. Él es otro referente mundial de la Teología de la Liberación. Boff, franciscano hasta entonces, colgó los hábitos en 1992.

Aquella mañana de marzo, 28.º aniversario del asesinato de Monseñor Romero, entrevistado y entrevistador estábamos sentados en unos sofás de cuero que hay en el hall del Hotel Beverly Hills. Boff hablaba sobre el mal que el neoliberalismo está haciéndole al mundo.

—¿No bastaría con hacer reformas al sistema?

—Si limamos los dientes del lobo –respondió–, ¿desaparecerá su voracidad? No, porque el lobo es voraz por sí mismo. Lo mismo ocurre con el sistema neoliberal, que es malo para la humanidad, porque excluye a casi dos tercios del mundo...

En ese momento, un taxi se paró frente a la entrada principal. De él bajó Sobrino. El rencuentro lo habían fijado para justo después de la entrevista. Y Sobrino, fiel a sí mismo, se adelantó a la hora fijada. Cruzó la puerta de vidrio con un portafolios bajo el brazo, se acercó despacio, casi arrastrando los pies. Vestía sencillo: pantalón, una chaqueta sobre la camisa y zapatos negros. Boff se levantó y salió a su encuentro.

—Caro Leonardo, caro Leonardo.



Los dos tienen la misma edad, estudiaron en Alemania e intimaron cuando en los ochenta participaron en un proyecto que pretendía sistematizar toda la Teología de la Liberación en 50 tomos. Pero además les une un vínculo especial. Cuando el 16 de noviembre de 1989 ocurrió la masacre de los seis jesuitas en la UCA, Sobrino se encontraba fuera del país. Eso le salvó. La orden que tenían quienes ejecutaron la matanza era no dejar testigos. Uno de los cadáveres, el del padre Juan Ramón Moreno, lo arrastraron hasta la habitación de Sobrino. Pero él estaba en Tailandia. Lo habían invitado para impartir un curso sobre Cristología en inglés, el idioma de lo que él llama el imperio. Ese curso lo iba a dar Boff. Había recibido la invitación primero, pero la rechazó. “En esa invitación pedían inglés, y yo no lo podía bien, pero les dije a los organizadores que invitaran a Jon Sobrino.”

Aquel rencuentro entre los dos teólogos fue cordial. Sonrisas y abrazo. Intercambiaron unas pocas palabras inaudibles.

—Te veo, te veo, te veo –elevó el tono Sobrino, señalando con descaro la panza de Boff– Los ojos, eso no has cambiado. La vivacidad... y estás aquí.

—... Termino aquí… –dijo, señalándome–, porque quiero hablar mucho contigo, Jon... Ah, Jon, él –por mí– me ha dicho que va a tu misa.

—¿Perdón?

—Que él va a tu misa.

No era el plan original, pero tuve que intervenir.

—Yo llego a la iglesia de El Carmen, padre.

—Ah, no me digas.

—Ayer estuve.

—¿Ayer a las 11?

Su misa había sido a las 8 de la mañana, pero supuse que me estaba probando. Meses después quise saber si mi suposición era acertada, pero me dijo que no recordaba haberme visto nunca antes. Su memoria en verdad es mala para los rostros y los nombres. Hablamos un poco más, apenas un par de minutos. Y Sobrino se retiró para poder concluir la entrevista: “Sigan, sigan...”

—¿Mucho tiempo sin verse? –pregunté a Boff.

—Sí, muchos años, más de 10.

***

El joven Marcello Rodríguez se sienta en el suelo, saca la videocámara de su funda, la apoya sobre su rodilla derecha y comienza a grabar. La homilía de Sobrino está comenzando.

—Que el señor esté con ustedes.

—Y con tu espíritu.

—Lectura del Evangelio, según San Marcos.

—Gloria a ti, señor.

Marcello –16 años, voz sonora, guitarrista aficionado– llega todos los domingos a El Carmen y busca lugar en primera fila, cerca del atril de madera tallada que se usa para las lecturas. Lo acompañan su hermano Gabriello, de 15, y una cámara de video Samsung modelo SCL906. Desde hace unos cinco años –no saben precisar la fecha– graban la revolucionaria interpretación del Evangelio. A Sobrino no le entusiasma la idea, pero tampoco le molesta lo suficiente. Las decenas de cintas acumuladas desde entonces las conservan en cajas con naftalina. Los videos no los suben a YouTube ni nada por el estilo. De vez en cuando los ven en familia. Es algo para consumo propio, pero han creado un archivo que quizás algún día sea codiciado. Marcello y Gabriello, además, han sido testigos de la evolución del discurso. Dicen que antes de la Notificación era todavía más incendiario.

Pero volvamos a la homilía. Sobrino también hoy está explicitando su opción preferencial por los pobres.

—Jesús está –y señala con el dedo hacia adelante– en esos pobres de la puerta, de esta iglesia y de tantas.

Una iglesia parece incompleta si no hay alguien en la entrada pidiendo limosna. En El Carmen este fenómeno roza el surrealismo. Un domingo de octubre había 24 personas suplicando unos centavos. Cuando Sobrino dice eso de pueden ir en paz, los pobres de la puerta se colocan en dos filas. En la formación hay muletas de madera, artritis, manos extendidas, vasos con vocación de monedero, delgadez extrema, canas sucias, olores, rostros cansados de la vida, arrugas infinitas, síndromes de abstinencia, sueño, insultos para el que toma fotografías y dioselopagues. La feligresía pasa en medio. La mayoría, con indiferencia; algunos sí tienen unas monedas, unas palabras o un saludo como recompensa. Esta es la pobreza que cada día respira Sobrino, la que le lleva a escribir frases como esta: “Que los multimillonarios pasen hambre alguna vez, para ver si eso los convierte”. Pero lo cierto es que son pocos, casi ninguno, los pobres de la puerta que entran a escucharlo. Parece que no les interesa oír al que se jacta de predicar por y para ellos.

Mientras habla en la homilía Sobrino gesticula con los brazos. Se ve entusiasmado, como si lo hiciera por primera vez. Aún se le reconoce su acento de Bilbao. Sonríe, se muerde el labio inferior.

—Jesús jamás habló de que él estaría en una catedral bellísima, y ojalá que las catedrales sean bonitas, que no tengo nada en contra de eso. Pero sí dijo que allá donde haya hambre y sed y enfermedad y gente que se muere de sida, nos guste o no nos guste, ahí estará él.

El Evangelio de hoy es San Marcos 13:33-37. Es corto y se refiere a cuando Jesucristo pide a sus discípulos que estén alerta siempre, como cuando unos empleados esperan la llegada del dueño de la casa. Esta lectura le está sirviendo de excusa para hablar de los pobres de la puerta, de las catedrales, de los atentados en los hoteles de la India, de El Mozote, de Monseñor Romero y de la masacre de los jesuitas. Raro es que su sermón baje de los 20 minutos.

Pero hoy está comedido. El 2 de marzo dijo esto: “A Jesús yo sí lo comparo con Monseñor Romero. Hubo mucha gente que no les quería, que ni modo. Y nosotros decíamos: ¿Cómo es posible? Pero si Monseñor Romero está abriendo los ojos de la gente con su palabra, si está quitando la ceguera del pueblo, de tanta gente campesina que pensaba que los males venían porque Dios así lo quería. Pues no, decían ellos, pues no. ¡Ese es revolucionario! Sí, revolucionario, pero del bien, ¿verdad? Luego le llamaron más cosas, que era comunista, insultos... Pero lo que quiero decir es cuánto costaba que la gente de poder, de dinero, que la oligarquía y los militares reconocieran en Monseñor Romero a alguien que hizo el bien, que hizo grandes milagros, para que la gente tuviera DIG-NI-DAD (...) Y Monseñor Romero nos dio todo, se animó a decir verdades. ¡Qué silenciosa es la Iglesia de hoy! De vez en cuando sale algún mensaje diciendo que hay pobreza en el país y que es un problema lo de los emigrantes. Pero en conjunto, ¡qué silencio! ¿Verdad?”

No debe de ser sencillo explicar la vida y obra de un hombre que vivió hace 2,000 años, aunque sea el protagonista del mayor best seller de la historia. Además del abismo temporal entre sus andanzas y el hoy salvadoreño existe otro abismo espacial de 12,000 kilómetros. En el caso de Sobrino se añade la dificultad de tratar con una audiencia en la que no todos saben leer y escribir. Pero el autor de libros ásperos sobre los que discuten los teólogos más brillantes se convierte en misa en una especie de cuentacuentos. Ha desarrollado una habilidad para traducir y masticar términos desfasados, que hacen referencia a realidades distintas a la salvadoreña o a los que simplemente les agrega matices. Con sus explicaciones se podría confeccionar el diccionario bíblico jonsobriniano. Y estas serían algunas de sus entradas.

Herodianos. En tiempo de Jesucristo, Herodes era rey en las provincias romanas de Judea, Galilea y Samaria, si bien su poder estaba supeditado al Imperio Romano. Los herodianos, dice Sobrino, eran la policía de Herodes, “como la Guardia Nacional de aquel entonces” , el cuerpo represivo durante la Guerra Civil salvadoreña.

Amor. “Amar es una actitud de salirnos de nosotros mismos, y para eso es igual que uno sea bautizado o musulmán o ateo o gringo o de Ahuachapán. Amar es no empezar el día diciendo: ‘Señor, te pido por mí y por mi bienestar y que yo lo pase bien’. ¡No! Hay que empezar de otra manera.”

Publicanos. Eran las personas que recaudaban impuestos para Roma. El evangelio de Lucas destaca la figura de uno: Zaqueo. En la interpretación que hace Sobrino, hoy su trabajo sería como recaudar fondos para Estados Unidos.

Ciego. Esta palabra suena accesible, pero la redimensiona. Ser ciego hace 2,000 años era ser “un pobre desgraciado”, como hoy lo son la madre soltera que no tiene para la educación de sus hijos o el señor que debe irse a Estados Unidos a ganarse la vida.

Guerra del Congo. En 1998 estalló en la República Democrática del Congo una guerra que causó 4 millones de muertos. Hubo firma de paz en 2003, pero la región aún es un polvorín, con decenas de miles de refugiados y milicias armadas hasta los dientes. ¿Y para qué?, se cuestiona: “Para que los países ricos, democráticos y con elecciones se roben el coltán”, de donde se extrae el tantalio para la elaboración de misiles, teléfonos móviles, televisores de plasma...

Sobrino se esfuerza por hacerse entender, por ejemplificar, por ilustrar el Evangelio. Y lo hace en función de sus convicciones personales que, si se midieran en clave política, son inequívocamente de izquierda. “¿Que el lenguaje que uso es distinto? Pues sí –dirá–. ¿Por qué? Yo no me suelo oír, pero sí procuro cuando hablo que la gente entienda, que no sé si entiende, y sobre todo que no me vean como alguien que quiere hablar raro o que lo que hace es repetir solo lo que han dicho los documentos de los obispos.”

***

El Salvador transpira cristianismo desde su mismo nombre. El lema de su escudo dice Dios, Unión y Libertad, en ese orden. La capital se llama San Salvador. Las dos ciudades más importantes fuera del área metropolitana tienen también nombre de santo: San Miguel y Santa Ana. El listado con los nombres de los municipios parece santoral. Hasta el salvadoreño con mayor proyección internacional fue obispo; sin embargo, al mismo tiempo es el país con la mayor tasa de asesinatos de todo el continente. Y con pobreza y desigualdad, el caldo de cultivo de la Teología de la Liberación. Aún hoy, 30 años después del boom de la doctrina, este país centroamericano con casi 6 millones de habitantes presenta cifras oficiales que hablan de un 14% de analfabetismo, de una escolaridad promedio de seis años, de 173,000 niños que trabajan, de un 26% de hogares sin agua por cañería, de un 35% que vive bajo la línea de pobreza, 44% en el área rural. Y de casi 400,000 familias que reciben remesas de parientes que tuvieron que emigrar.

Sobrino cayó en El Salvador hace más de medio siglo. Llegó sin pretenderlo, para cubrir el déficit de vocaciones en Centroamérica. Hoy no hay quien lo saque de aquí.

—Estoy convencido de que le han ofrecido la posibilidad de dar clases fuera.

—Sí.

—Pero sigue aquí. ¿Cómo se explica eso?

—A ver. Tu pregunta presupone que es raro. Que es raro que si una universidad un poco importante de Estados Unidos me ofrece una cátedra, que yo me quede aquí. Bueno, pues sí, he tenido algunas ofertas, pero nunca jamás se me ha ocurrido irme.

Él y muchos otros jesuitas del grupo obtuvieron sus papeles salvadoreños en 1989, en los días previos a la llegada al poder de ARENA. Este partido político de derecha, que lleva 20 años consecutivos en el poder, fue fundado por el Mayor Roberto d´Aubuisson, a quien la Comisión de la Verdad de la ONU identificó tras los Acuerdos de Paz como el autor intelectual del asesinato de Monseñor Romero.

Pero la nacionalidad de Sobrino va más allá de lo que diga su pasaporte. Cuando se le oye hablar, queda claro que en su concepto de Nosotros están los salvadoreños, los pobres, el Tercer Mundo. El Primer Mundo donde a él lo educaron lo encuadra en ideas como el Allá o el Ellos. A su país, El Salvador, dice que le debe haber aprendido a sentirse como un ser humano, algo que le permite comprender lo que ocurre en el Congo, por citar un su ejemplo recurrente. Y aquí también dice haber conocido a gente de mucho amor y a gente de esperanza, de esa esperanza honda tan difícil de ver en Europa o en Estados Unidos.

Quizá por esa coherencia entre lo que escribe y su manera de vivir es que se haya ganado un notable grado de respeto y de admiración.

“Yo puedo presumir de que el padre Jon me da misa aquí; ya quisieran tenerlo la mitad de las iglesias del mundo. Hay quien dice que estoy desperdiciando una joya para el pueblo humilde, pero su teología es para el pueblo, y para un pueblo sencillo.” Salvador Carranza, párroco de la iglesia de El Carmen.

“Dentro de la gama de teólogos de la Liberación, Jon Sobrino es para mí alguien que realmente supo sacarle el jugo más positivo a esta teología. Ha sabido administrar, con bastante coherencia y equilibrio, todo el patrimonio teológico de El Salvador y de América Latina.” Fernando Lugo, ex obispo y actual presidente del Paraguay.

“Normalmente el teólogo es solo teólogo, reflexivo, al que no le importa mucho la espiritualidad. Pero Jon Sobrino es teólogo y lo que más hace es predicar de forma espiritual, sin abandonar el rigor muy jesuita, muy alemán, de la reflexión teológica. Por eso es peligroso.” Leonardo Boff, teólogo de la Liberación.

“No es amigo de protagonismos, todo lo contrario a Leonardo Boff; son dos hombres muy diferentes. Sobrino es de diálogo más íntimo, así es como se siente a gusto. Pienso que en parte se debe a su manera de ser, reservada y más bien intimista.” Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador.

“Es una de esas personas que tienen una fe muy profunda en Jesucristo y en el Evangelio, una fe de la auténtica, de la que duele y causa dudas... no la fe anquilosada en unas normas y códigos de Derecho Canónico.” Jesús Bastante, periodista español.

***

Avanza la misa en El Carmen. Bajo la batuta de Sobrino los presentes ya le han rogado al Señor. Le han dado gracias. Algunos han dejado unas monedas en bolsas de trapo verde amarradas a un palo. Se ha cantado el padrenuestro. Y hace apenas unos segundos todos se daban fraternalmente la paz. Este acto resulta emotivo. Los parroquianos se dan abrazos o se agarran de las manos mirándose a los ojos. Y no se limitan a los que tienen alrededor. Hay movimiento de unas bancas a otras. Niños suben a abrazar a un Sobrino que corresponde el gesto con una sonrisa y con ligeras palmaditas en la cabeza. Luego baja a estrechar su mano a las personas que están en primera fila. Cuando presencié esto el 24 de agosto, anoté en la libreta unas palabras que entonces creí urgentes: “Hay algo en la atmósfera, posible entrada para la nota”. Aquí dentro, por un instante, uno se olvida de que está en el país más violento del continente.



Comienza la eucaristía con una canción de fondo que dice que el pueblo gime de dolor y que el pueblo está en la esclavitud. Sobrino reparte los cálices entre sus colaboradores y se sienta. Él no da las hostias. Hace meses, Salvador Carranza, el párroco, dijo que es por la diabetes, que se cansaba mucho. También me contaron que en la comunidad de jesuitas donde vive tuvo una vez una crisis, rompió una jarra de vidrio, se cayó sobre los cristales, se cortó la mano y hubo que llevarlo al hospital. A Sobrino no le gusta hablar mucho sobre su salud. En su humildad, cree que no le interesa a nadie más.

—Me habían dicho que estaba mal de salud, pero lo he visto muy activo.

—Hace cuatro años tuve un coma del que sobreviví. Fueron tres días en coma... Bueno, que sí es serio lo de la diabetes. Ahora, ¿en qué se nota para mí la enfermedad? Yo antes trabajaba ocho horas, por así decirlo, y ahora trabajo cuatro. ¿Y por qué? Pues porque no da para más.

Regresemos a la misa, donde ya todos comulgaron. Está a punto de terminar. Están dando unos avisos. Uno invita a donar juguetes para niños pobres, otro ofrece a precios módicos el material que edita el Centro Monseñor Romero y el último es para que los feligreses se animen a comprar CD con música del coro. Solo queda cantar al padre Chamba “Las mañanitas” y el “Cumpleaños feliz”. Han pasado 65 minutos desde que inició la misa. Esto acaba.

***

El tramo final de la entrevista en su despacho fue el momento para cuestionarlo sobre el que parece ser el único punto débil dentro de su filosofía de vida: su fiel permanencia dentro de la Iglesia católica, una institución cuyas máximas autoridades en El Salvador y en Roma lo han desacreditado en público. Y, quizá más importante, que tiene actitudes y actuaciones que cuestionan eso de que los pobres estén en el centro de todo, que cuestionan lo que para Sobrino es una obsesión. Su último libro se titula “Fuera de los pobres no hay salvación”.

—¿Cómo encaja la opción preferencial por los pobres en una institución como la Iglesia católica, dueña de tantas riquezas?

—La opción por los pobres no quiere decir: usted estudió un doctorado en Teología en Alemania, y gastó no sé cuánto dinero, y sabe mucho más que todos, ¿y usted quiere ser pobre? Pues olvídese de eso. ¡No! Sino ponga todo eso al servicio de los pobres.

La Iglesia posee acciones en grandes multinacionales y en la banca. Es parte activa del sistema.

—Que las instituciones tengan acciones me parece inevitable en nuestro mundo. Eso sí, con mucho cuidado. Que no caigan en la mística de que cuanto más, mejor. Y que los beneficios se usen para proyectos a favor de los oprimidos. Acumular capital, para acumular poder y buen vivir, para irse de turismo o para comprar jugadores de fútbol a precios que representan un buen porcentaje del presupuesto del Chad, eso es caer en el dinamismo del capitalismo inhumano.

—¿Y qué hace con las acciones su congregación?

La Compañía necesita recursos para formar a los jóvenes jesuitas que todavía no producen, por así decirlo. También patrocina servicios para refugiados, oficinas de derechos humanos, y los fondos que se necesitan para eso no caen del aire. Siempre queda la ambigüedad. Por lo que yo sé, no invertimos en empresas que fabrican armas, por ejemplo. Es capitalismo, pero digamos que de lo pecaminoso, pues lo menos.

—No ve mayor problema, entonces.

—El dinero y la riqueza siempre me dan miedo. Pero si los defensores del capital nos atacan, entonces es porque quizás no lo estamos haciendo tan mal. En los últimos 30 años, 49 jesuitas han sido asesinados en el Tercer Mundo. Repito, todo lo que sea dinero y poder tenemos que usarlo con temor y temblor. Pero creo, espero, que esos mártires nos redimen de nuestras equivocaciones.

—Es que también es aplicable a este edificio en el que estamos.

—Exactamente.

—Porque las cuotas para estudiar en la UCA son bastante caras.

—Para muchos son caras, indudablemente. Lo que también se aplica a la cámara de ese señor –y señala al fotoperiodista–, que no se la han regalado. ¿Me entiendes?

***

La misa ha terminado, y Sobrino se retira a la sacristía. Ayer acordamos por teléfono que ahora me recibirá para que le explique cuál es mi interés en hacerle este perfil. Se acerca caminando, casi arrastrando los pies. Viene sin casulla y viste sencillo: pantalón, una chaqueta sobre la camisa y zapatos negros. No lleva anillos ni nada ostentoso. Lo único reseñable es su viejo reloj de pulsera. Sobrino, uno de los intelectuales salvadoreños más leídos y traducidos, no tiene carro, celebra misa en una iglesia de láminas y vive en comunidad con otros jesuitas. Su cuarto mide 20 metros cuadrados, quizá menos. Es una cama, una computadora sobre una mesa y libros. No hay aire acondicionado ni televisor. Hay mosquitos. Pienso en que en efecto hay coherencia entre él y su discurso. Todo lo contrario a lo que pensé unas semanas atrás, cuando escuché a un pastor desgañitándose a favor de los pobres y de Monseñor Romero, pero calzado con unos zapatos relucientes, corbata de seda y un traje de no menos de $400.

—A ver, ¿tú eres Antonio Valencia? –pregunta.

—Roberto Valencia, padre, Roberto.

Sentados en una de las bancas de madera frente al galerón, me comparte algunos de sus temores. Lo hace a su manera, con el sutil velo de reprimenda con el que envuelve sus argumentaciones. Dice que él es alguien al que Roma le ha dicho que es malo y que eso no es así nomás. Dice que el periodismo le ha generado ya algunos sinsabores. Y dice que en el arzobispado lo tienen en la mira. Me está sonando a que me pedirá algo que no podría cumplirle: que le baje el perfil a lo que le he escuchado y leído sobre el imperio, sobre el capitalismo, sobre los oligarcas, sobre el Congo. Para salir de dudas, le recuerdo que acaba de afirmar eso de que Jesús y las catedrales bellísimas no son el binomio ideal.

—Sin duda, sin duda... Sí, sí, sí. Eso ponlo, por supuesto, sin dudarlo.

Empiezo a entender lo que para Jon Sobrino es importante.

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Este perfil apareció publicado el 4 de enero de 2009 en la revista Séptimo Sentido, de El Salvador.

Una versión ligeramente más corta fue publicada el 25 de enero en Revista C, del diario argentino Crítica de la Argentina.

sábado 5 de julio de 2008

Crónica de un viaje a la Isla del Coco, en Costa Rica


Por Roberto Valencia


La isla es tan pequeña que cabe en una billetera. Es chiquita, y la empequeñece aún más su destierro en el más inmenso de los mares, el océano Pacífico. Una aguja de tierra en un pajar de agua. Está lejísimos de todo. No tiene hoteles ni carreteras ni buses ni estadios de fútbol ni puerto ni cementerio. No tiene casi nada. Lo único que sobra es vida. Y esa es su grandeza, aunque no se pueda apreciar en un billete.
Desde 1997, y por decisión del Banco Central, los costarricenses ven el dibujo de una pequeña isla grabado en sus billetes de 2,000 colones. Aparece en el anverso, junto a la cara de un investigador llamado Clodomiro Picado Twight. En el reverso, nadan en el vacío un delfín y un tiburón que, por tener la cabeza como un martillo, lo llaman tiburón martillo. Son dos de los habitantes de un lugar donde el hombre no ha sabido asentarse en cinco siglos. Quizá a su aislamiento deba su grandeza.
La isla cumple buena parte de las características que se suponen a una isla desierta. Hay cocos y cocoteros, cangrejos, sol, pájaros, revoloteos y hasta parches turquesa en el mar que la acorrala. Lo que estropea la estampa es que allí donde el estereotipo pide playa, lo que se ve son acantilados; allí donde pide arena fina y blanca, lo que se ven son paredes rocosas y verticales.
Es la Isla del Coco, una isla natural, casi cruda.





***
Una definición enciclopédica diría lo que sigue: la Isla del Coco es un territorio insular que pertenece a Costa Rica desde 1869. Los colonizadores españoles la descubrieron en la primera mitad del siglo XVI, aunque hay divergencias sobre el año exacto. Lo seguro es que para 1542 apareció por primera vez en un mapa francés, bautizada ya como Ysle de Coques. Su nombre lo debe, según cronistas de la época, a la obviedad: abundaban los cocos y los cocoteros, mucho más que en la actualidad, que no es poco.
Los tres siglos entre su descubrimiento y la izada de la bandera costarricense son décadas en las que se convierte en un estratégico punto de abastecimiento para piratas primero, para balleneros después y, más después, para buscadores de los tesoros quizá escondidos por los piratas.
Cocos suena en El Salvador, suena a terremoto. Es la placa que se introduce debajo de la del Caribe, y genera sismos. La placa debe su nombre a la isla minúscula.
Su superficie es de apenas 24 kilómetros cuadrados, un tercio de la extensión del lago de Ilopango, y tiene forma rectangular. De largo, lo máximo que llega a medir son 7.6 kilómetros y de ancho, 4.4 kilómetros.
Si hubiera que elegir un elemento que la singularice, ese sería la lluvia. Caen entre 5,000 y 7,000 milímetros de agua al año. Para hacerse una idea basta señalar que en El Salvador no hay sitio alguno en el que se registren más de 2,500 milímetros. Esa cantidad, que se distribuye durante los 12 meses, es la que provoca todo lo demás: lo verde, los ríos, las cataratas, la vida.
No se sabe con exactitud cuántas especies de plantas y animales hay. Lo que sí se sabe es que, entre las identificadas, hay un considerable porcentaje de endemismo, es decir, de especies que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo.
Desde 1978 es Parque Nacional en Costa Rica, nombre que años después evolucionó a Área de Conservación Marina. En 1997, la UNESCO la declara Sitio Patrimonio de la Humanidad, y en 1998 le cae el reconocimiento de Área Ramsar. Este currículum le está sirviendo para ser seria aspirante a convertirse en una de las Siete Maravillas del Mundo Natural. La Isla del Coco se está codeando con referentes como el monte Everest o el río Amazonas, y es, del largo, la más fuerte representante centroamericana de la competencia. La excusa perfecta para ir a conocerla.
***
El barco lleva 34 horas huyendo del continente. Zarpó hace 500 kilómetros, y desde que abandonó el muelle lo único que ha hecho es adentrarse en el océano. Poco antes de las 5 de la mañana, la travesía está a punto de finalizar. El sol no asoma todavía, lo hará en unos minutos, pero clarea lo suficiente. Se identifica a lo lejos el perfil de la isla. Tierra firme, al fin.
Se acerca un pájaro grande, marrón oscuro y de pecho blanco. Llegarán más, similares y diferentes. Algunos vuelan tan a ras que parece que la punta de sus alas golpeará la superficie del mar.
—¿Qué pájaro es?
—Sula leucogaster —responde Michel Montoya, consultor ambiental.
A Montoya le gusta llamar por su nombre científico a los animales. Si ha conseguido una cara de asombro, lo traduce: “Piquero pardo”. Calza cachucha, es bajito y tiene barba canosa a lo Sean Connery. Nació hace 68 años, y 25 los ha pasado de una u otra manera relacionados con la isla. En su currículum se amontonan una veintena de artículos con títulos como “Sobre la formación de una colonia de Sula dactylatra en la Isla del Coco”. Él es uno de los dos instructores contratados en calidad de experto por los organizadores del viaje que recién inicia.
Las aves son el verdadero comité de bienvenida, pero, cuando el barco entra en una bahía, una de nombre Wafer, también se acerca un poderoso motor fueraborda Honda. Dentro van un par de guardaparques del Ministerio de Medio Ambiente costarricense. Uno maneja, el otro se rasca el brazo derecho.
Para entonces, el sol ha salido, y buena parte del cielo está ya azul. Donde no hay azul, hay nubes. Blancas, menos blancas, grises y más grises. Debajo, la isla, una inmensa roca compacta y elevada, sin espacio para playas, y verde, insultantemente verde. El francés Jacques Cousteau (1910-1997), quizá el oceanógrafo más famoso de la historia, también llegó con su buque Calypso aquí. Él lo describió así: “Emerge como un verdadero paraíso en medio del océano... es la Isla del Coco la más bella del mundo de todas cuantas he visitado”.
Hoy es 28 de abril, aunque eso poco importará durante los próximos cuatro días.
***
Los costarricenses tienen una expresión que los singulariza: Pura vida. Es algo así como el Chico cubano o el Che argentino. Los ticos la usan para saludarse, para agradecerse o como señal de aprobación. Es una especie de comodín, muy extendida, pero de la que casi nadie conoce su origen. Por lo visto, comenzó a usarse a mediados de los cincuenta, después del estreno de una película mexicana titulada de esa forma: ¡Pura vida! Tardó unos años en popularizarse, pero hoy la expresión incluso sirve para promocionar turísticamente el país.
La traducción no es fácil, pero la palabra “Vergón” es lo más parecido que hay en El Salvador a la Pura vida de Costa Rica. Hasta en detalles de este tipo pueden mirar por encima del hombro.
***
Pasan unos pocos minutos de las 7 de la mañana del primer día en Isla del Coco. El barco, que hará también las veces de hotel, está fondeado ahora en la bahía Wafer. Desde aquí saldrán en unos minutos tres embarcaciones tipo zodiac para dar la vuelta a la isla. Incluidas las paradas constantes para escuchar las explicaciones de Montoya, circundarla tomará apenas tres horas y media. Es pequeña.
Parece una fortaleza. Desde la misma línea de la costa, se alzan grandes precipicios, con dos únicas excepciones, las bahías Wafer y Chatam, que tienen unos pocos metros de playa y se puede desembarcar. En el resto, los acantilados son rocosos, pero cubiertos de vegetación. Ni la verticalidad de las paredes impide que el verde oculte al gris.
Las zodiac avanzan alrededor en sentido contrario a las agujas del reloj, y una de las primeras paradas es frente a una catarata. De entre la espesa vegetación, surge un chorro que cae blanco y espumoso, y se estrella a pocos metros del mar. Dentro de eso que llaman paisaje, estas cascadas son lo más característico de la Isla del Coco, lo que más ha impresionado desde siempre a sus visitantes. Ya en el siglo XVI, recién descubierta, el español Gonzalo Fernández de Oviedo, uno de los primeros cronistas de América, lo plasmó así: “Tiene de circunferencia cuatro leguas, poco más o menos (...); descienden della muchos caños de agua muy altos, y encima es mucha parte della llano”.
El salto de esta que está enfrente mide unos 100 metros. La llaman cascada Gissler. A unos pocos metros está la punta Gissler y también hay una roca Gissler. Augusto Gissler fue un alemán a partir de 1891, y en nombre del Gobierno de Costa Rica, encabezó el único intento serio de colonización. Dicen que solo pretendía encontrar tesoros piratas escondidos, pero lo cierto es que logró juntar a un puñado de familias en la isla y él mismo residió y se empobreció aquí hasta 1906.
Avanzan las zodiac. Los pájaros se acercan a apenas dos metros, menos incluso. A los piqueros pardos de la llegada se suman otros parecidos, pero unos tienen las patas azuladas y otros la cara negra.
—Son Sula nebouxii y Sula dactylatra —dice Montoya— piquero patiazul y piquero enmascarado.
Se suceden una y otra y otra cascada. Y el verde. Y el cabo Lionel, la punta Turrialba, el cabo Dampier, la gigantesca cascada Yglesias, los cabos Descubierta y Atrevido, la roca Ulloa, bahía Chatam, el islote Manuelita y regreso a Wafer.
Tres horas y media de homogénea belleza que compensan la piel que ni el factor 50 pudo proteger.
***
En cualquier referencia histórica a Isla del Coco, por muy superficial que sea, aparece relatos de piratas, de saqueos, de tesoros maravillosos, de grutas y de mapas.
Lo cierto es que durante los siglos XVII y XVIII la isla fue utilizada como base de abastecimiento y descanso por navíos dedicados a la piratería. Alguno que otro incluso la convirtió en su base de operaciones. De esta realidad a que se crearan mitos sobre fabulosos tesoros escondidos el paso era muy pequeño, y se dio. A partir de mediados del siglo XIX y hasta bien entrado el XX, fue verdadera fiebre la que se desató. Se organizaron decenas las expediciones expresamente para la búsqueda de tesoros, un fenómeno sin precedentes en todo el planeta. Muchos aún creen que hay riquezas escondidas.
Hoy, la fiebre por los tesoros no es tanta, pero la isla alimenta otro tipo de mitos. Un ejemplo es la relación con Parque Jurásico, obra escrita por Michael Crichton y llevada al cine por Steven Spielberg. El ficticio parque de atracciones, donde viven los dinosaurios está en la ficticia Isla Nublar, situada en el libro a 120 millas al oeste de Costa Rica. La distancia es menos de la mitad, pero están muy extendidas las creencias de que Crichton pensaba en la Isla del Coco cuando concibió Isla Nublar, y de que Spielberg rodó la película en la Isla del Coco. Lo primero solo el escritor lo podría aclarar; lo segundo es falso.



***
Robert Chaverri es el segundo de los dos instructores contratados en calidad de experto por los organizadores. Tiene 61 años, es alto, claro de piel y de ojos y derrotado por las canas. Nació en Estados Unidos, de padre costarricense. Dice que eso le ha permitido tener una mentalidad diferente, más crítica.
—De la isla se pueden hablar muchas cosas, pero lo que me interesa contarles es lo que la hace peculiar.
En las charlas educativas que impartió, Chaverri dibujará un cuadro crítico y pesimista. Dirá que antes de la llegada de los españoles ya la han habían habitado indígenas, dirá que los pescadores costarricenses se acabaron toda la pesca de Centroamérica, dirá que son paja la mayoría de las historias de tesoros, dirá que a la humanidad solo le quedan 120 años de existencia, dirá que el aleteo sigue diezmando la población de tiburones, dirá que la ballena azul en la zona bajó de 50,000 ejemplares a unos 30 en la actualidad.
—¿Y usted votó por la Isla del Coco como maravilla natural?
—Sí —asiente y sonríe.
—¿Por qué, después de todo lo que ha dicho?
—Porque la isla es como la bolsa genética de todo lo que había.
Chaverri lleva una década buscando información sobre la Isla del Coco, y ahora pretende sacar provecho de tanto trabajo. El concurso de las siete maravillas naturales ha puesto la isla en la agenda, hay interés creciente en el país, y cree que es el momento oportuno para que salgan a la luz las cuatro versiones de un libro en las que recopila todo lo recabado.
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Segundo día en Isla del Coco. Diluvia. Empezó durante de madrugada, quién sabe a qué hora, y la claridad de la mañana confirma lo obvio: el cielo gris, triste, la cortina acuosa entre el barco y lo verde. Hoy estará lloviendo, más fuerte o más suave, hasta el atardecer. Esto se asemeja a un día de temporal en El Salvador, pero acá no es una situación excepcional. Acá puede caer así cualquier día del año. Solo así podrían sumar los 6,000 litros por metro cuadrado anuales.
A mediodía, las cascadas de la isla se han multiplicado en número y el volumen de agua que expulsan al Pacífico es también mayor. Ya no es clara y espumosa, ahora desciende enlodada. Los caños que salen disparados son color tierra, y pronto toda la bahía Wafer estará achocolatada.
A la mañana siguiente, el sol brillará, como si nada hubiese pasado. Y la bahía volverá a transparentarse, como si nada hubiese pasado.

***
El trabajo de guardaparque exige estar no menos de 30 días sin poder ver a la familia. Antes era peor. Raro era cuando alguno podía regresarse sin haber transcurrido dos meses.
—¿Cómo termina uno en un trabajo así?
—En el caso mío, fue algo que me llamaba la atención, y fui a solicitar trabajo y topé con la suerte de que estaban buscando gente para acá.
—¿Lo considera una suerte?
—Sí, porque a mí me gusta, aun cuando no deja de ser un inconveniente cuando hay familia e hijos de por medio. Pero una cosa compensa la otra, porque yo he podido traer a mis hijos a conocer esto.
Responde Walter Madrid. Aparenta más juventud, pero tiene 49 años, y 15 los ha pasado yendo y viniendo a la isla. Hoy lleva 24 días sin ver a sus hijos: Vladimir, Mahyrrand, y Wolfgang Kalef. Tiene el pelo largo y recogido con una goma, la barba arreglada y viste camisola sin mangas, pantalón corto, sandalias y un reloj plateado en su muñeca derecha. Está solo, la señal de televisión se perdió hace semanas, y parece agradecer las visitas. Lleva desde ayer en la Base Chatam.
Este nombre suena rimbombante, pero no es más que una amplia casa hecha de bloques y de madera y cubierta por un destartalado techo de láminas. Está junto a un mástil con la bandera de Costa Rica y un letrero de madera que da la bienvenida. Hay una hamaca de cuerdas negra recogida, dos bancas de madera y dos sillas plásticas, y a través de la ventana se ven un dispensador de agua, un botiquín y unos pocos libros. A un costado del edificio, está pintado el logo del Área de Conservación Marina Isla del Coco, en el que se destaca el tiburón martillo. Junto a Walter hay un gato dormido sobre una alfombra. Hay quien cree que los gatos deberían correr la misma suerte que los cerdos de la isla, pero de eso se hablará más luego.
Guardaparques hay otros 13, pero raro es que en la isla se queden más de ocho al mismo tiempo. Su principal labor es evitar que los pescadores faenen a menos de 12 millas, donde la pesca está estrictamente prohibida. A veces lo consiguen, a veces no. Dicen que el grupo se ampliará, pero Walter aún no se lo termina de creer.
—Pensamos que con el concurso de las maravillas habrá un boom y que va a traer más turistas, y yo no sé, la capacidad de carga de la isla...

***
Costa Rica tiene fama, en todo el mundo, de ser uno de los países más respetuosos con su medio ambiente. Distintos y variados informes avalan esa fama. Lo verde es el gancho, además, por el que llegan buena parte de sus turistas. Por todo eso, sorprendió escuchar una y otra vez, durante siete días, conversaciones entre ticos hablando con dureza de su Gobierno, de la pasividad para solucionar temas urgentes de la agenda ambiental. Y sorprende más cuando uno viene desde El Salvador.
Ningún gobierno salvadoreño se ha atrevido a cerrar un hotel de una cadena internacional por no tratar sus aguas negras. Ningún gobierno costarricense ha otorgado permisos para construir una gigantesca planta que generará electricidad con la quema de carbón. En la carretera que desde San José baja hasta Puntarenas apenas se ve basura regada a ambos lados, los postes son de color poste, y los árboles son de color árbol. No son tricolores.

***

Tercer día en Isla del Coco. Toca abrirla, conocerla por dentro. Ayer, día del diluvio, se hizo una caminata de 2.5 kilómetros entre las bahías Wafer y Chatam, pero hoy el objetivo es más ambicioso: trepar el cerro Yglesias, el punto más alto de la isla. El sendero arranca en Wafer, junto a la base principal de los guardaparques. Ir y regresar llevará la jornada entera. Para quienes lo logren habrá merecido la pena.
La primera sorpresa es un puente que hay apenas se abandona la Base Wafer. Se construyó, lógica pura, para atravesar un río, un río llamado Genio. No soporta el peso de más de cinco personas, hace un ruido de mil demonios y se siente inestable, pero es una obra de ingeniería que asombra. Salvando las distancias, su forma es como la del Golden Gate de San Francisco, pero en vez de acero se construyó con todos los materiales decomisados a los pescadores. Es un conjunto multicolor de boyas, redes enrolladas, cuerdas y flotadores puestos de tal manera que incomprensiblemente forman un bello puente.
De ahí para adelante, verde. Dicen que los esquimales tienen varias palabras para nombrar el blanco. Su mundo es blanco, y no tuvieron más remedio que diferenciar entre blancos y blancos. En la Isla del Coco pasa algo parecido con el verde. En el recorrido se ven helechos que parecen hojas de marihuana, musgo suave como esponja que trepa los troncos, hojas grandes como un comal o chiquitas como una moneda, hojas secas y mojadas por doquier y raíces, resbaladizas raíces que apenas permiten que se reconozca el sendero. Y entre todo ese verde, asoman pájaros y más pájaros, y lagartijas y ratas y venados y cerdos.
Después de cuatro horas de deleite y sacrificio, la cima. La cima es una pequeña explanada pelada de no más de seis por cinco metros. Hoy se ve inofensivo, pero alguna vez esto fue el cráter de un volcán. Tirado hay un viejo letrero de madera oscura con letras amarillas. Dice Cerro Yglesias. A unos seis metros, clavado en el suelo, hay otro viejo letrero también de madera oscura, y también con letras amarillas. Dice Cerro Yglesias 634 msnm. Está desfasado, la nueva altura oficial es 574 metros, pero no importa. Acá todos quieren una foto junto al viejo letrero.
Hace calor, pero corre brisa, y el mar que desde abajo parece plateado se ve desde acá arriba más azul que nunca. A la belleza natural se suma esa satisfacción que se tiene cuando uno ha logrado lo que se proponía.
—¿Acá se puede decir Pura vida?
—Claro, este es el lugar ideal —responde alguien.
En verdad, la isla está lejísimos de todo, cruda, y lo único que sobra es vida.


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De vez en cuando ocurren cosas que botan al traste cualquier razonamiento basado en las leyes de la probabilidad. Algo de eso sucedió en la Isla del Coco la tarde del 15 de octubre de 1943.
Si en el Pacífico se trazara una circunferencia que tuviera en sus extremos la Costa Rica continental y las Islas Galápagos, el resultado sería un círculo de más de un millón de kilómetros cuadrados. Todo estaría cubierto por agua excepto el espacio ocupado por la diminuta isla. En números, sería un 99.998% de agua frente a un 0.002% de tierra firme.
Pues bien, el 15 de octubre de 1943, en plena II Guerra Mundial, el piloto Lester R. Ackeberg y su copiloto Robert E. Moore empotraron contra el cerro Yglesias el bombardero “Little Fury”. Lester, Robert y los otros ocho tripulantes murieron. Lo tragicómico del caso es que el avión estrellado sobrevolaba la zona para localizar un hidroavión militar extraviado el día anterior.
Algunos restos del “Little Fury” aún se encuentran en el cerro, ocultos entre lo verde. Es una zona de muy difícil acceso, sin ruta abierta. En 1943, pasaron 10 días desde que el ejército supo dónde se había estrellado hasta que pudieron rescatar los cuerpos.
El avión era el número 799 de los 2,698 bombarderos de la serie B-24D, construidos entre 1940 y 1942, en su mayoría en San Diego, California. Cuatro motores de hélice, un volante similar al de un carro para pilotarlo y su inconfundible parte delantera, acristalada y armada con dos ametralladoras.
Como suele ocurrir en este tipo de tragedias, a los 10 fallecidos les dieron una medalla póstuma, y hoy, 65 años después, no son más que una anécdota para contar a los turistas que pueden permitirse llegar a la isla.
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Cuarto día en Isla del Coco. Toca conocer lo más valioso de la isla. Toca snorkelear. Resulta curioso como, a pesar de tanto llamado desesperado a preservar el castellano, las palabras anglosajonas siguen ganando terreno. Y todo eso que ahora han convenido en llamar deportes extremos son un ejemplo claro: rafting, kayaking, jumping, surfing, snowboarding... snorkeling.
Son pasadas las 2 de la tarde y llueve, pero eso no representa problema alguno para estar bajo el agua. La zodiac se dirige a la isla Manuelita, uno de los mejores lugares, aseguran, para esta práctica. El snorkeling es algo así como el buceo de los pobres. Consiste en ponerse una máscara en la cara, un tubo de plástico en la boca, aletas también de plástico en los pies y un chaleco salvavidas. Este último es opcional. En realidad, todo es opcional. Nada que ver con los costosos tanques de oxígeno y trajes de neopreno.
Sumergidos hay peces con forma de trompeta a los que llaman trompeteros, hay peces regordetes de color amarillo y negro, los hay con forma de media luna y los hay planos. Los hay también plateados, negros, blancos, anaranjados y de todos esos colores mezclados. Apenas hay que moverse para contemplar todo eso y más. Morenas, erizos negros, langostas, cangrejos... tiburones.
Aparecen tres juntos. Los tres son grises con las puntas de la cola y de la primera aleta dorsal blancas. Después alguien explicará que todos los de esa especie son así. Quien les eligió nombre no se rompió mucho la cabeza. Se llaman cazón punta blanca –Triaenodon obesus, diría Montoya–, pueden medir hasta dos metros y se les considera inofensivos si no son provocados. Steven Spielberg y su prodigiosa imaginación.
Los dedos están arrugados después de dos horas de snorkeleada, pero sabe a poco. Además, la isla Manuelita es lugar de anidación de aves. Cuando uno saca la cabeza del agua, lo que ve son decenas de piqueros con sus polluelos. Y los picos de esas aves son azules, blancos, amarillos. Un orgasmo de vida y color dentro y fuera del agua. Pura vida.

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En 1793, un barco llamado HMS Rattler llegó a Isla del Coco. Lo capitaneaba James Colnett, un marino inglés de 40 años. La Marina Real Británica le había encargado identificar en el océano Pacífico rutas y puertos de abastecimiento para la creciente flota de barcos balleneros, naves que permanecían meses, años enteros en alta mar. Entonces había mucho trabajo, había muchas ballenas. Ni siquiera se había escrito aún la novela “Moby Dick”.
En su breve visita, Colnett tuvo tiempo de dibujar un rudimentario mapa del contorno de la isla, de bautizar las dos bahías principales, y de soltar cerdos. Aquí había agua potable, aves, pescado y marisco en abundancia, pero quizá creyó que los marineros, entre ballena y ballena asesinada, preferirían comer algo de chancho. Abandonó unos pocos, y esos pocos se convirtieron en más, en muchos, en plaga. Se estima que la población de cerdos cimarrones —así los llaman— ronda hoy los quinientos ejemplares.
En la actualidad, se ejecuta un proyecto financiado por la cooperación internacional que tiene como uno de sus objetivos erradicar las “especies exóticas invasoras”. El cerdo es exótico en la Isla del Coco, si bien no se refieren solo al cerdo. En los últimos cinco siglos, sin querer queriendo, el hombre introdujo las únicas seis especies de mamíferos que habitan en isla. Además del cuche, hay cabras, gatos como el de Walter, venados cola blanca y dos tipos de rata, también exóticas. Con las plantas ocurrió algo parecido. En Costa Rica, sigue vivo el debate, incluso jurídico, entre quienes creen que hay que eliminarlos y quienes piensan, pasados dos siglos de subsistencia, que se han ganado el derecho a permanecer en la isla.
Cuando dijeron todo esto se desvaneció por completo la idea original, la concebida antes de llegar, de titular esta crónica “La isla perfecta”.


***
Cuesta más de un día llegar en barco, pero lo que vuelve la Isla del Coco inaccesible no es la lejanía. Para millones, la barrera infranqueable son los precios. El pasaje más barato en este viaje, el más económico de cuantos se ofertan en la actualidad, costó $1,815. Pura vida para unos pocos. Y en la cifra no se incluyeron los $25 diarios que cobra el Gobierno por día de permanencia, ni tampoco el vuelo hasta y desde San José.
—¿Qué ocurre con las personas que no pueden gastarse $2,000 en una semana?
—En realidad, no le tengo la respuesta. Cuando comenzamos a trabajar, trabajamos con el sector empresarial y con niños en el tema de sensibilización, con prioridad en las zonas costeras. No hemos pensado en abrir la isla a todos los costarricenses, lo que hemos pensado es en llevar la isla allá con afiches, videos, materiales lúdicos, títeres, sombreros con forma de tiburón martillo...
Quien contesta es Álex Cambronero, gerente de proyectos de la Fundación Amigos de la Isla del Coco (FAICO), la institución que, junto a la Organización para Estudios Tropicales (OET), ha coordinado este viaje turístico etiquetado como Biocurso.
FAICO se fundó en 1994, y se autoimpuso como misión conservar la biodiversidad del Área de Conservación Marina Isla del Coco. Para ello, recaudan fondos entre los estratos más altos de la sociedad costarricense. Además de viajes como este, organizan torneos de golf, vendes artículos promocionales y entregan un galardón anual a instituciones benefactoras, como el Banco de Costa Rica y la Corporación de Supermercados Unidos.
Esta fundación fue también la que promovió la inscripción de la isla en el concurso de las maravillas.
—Es lógico suponer que más turistas querrán venir. ¿No es eso una amenaza para un ecosistema tan pequeño?
—Sí, sí lo es, si no se regula.
—¿Sacarla de su relativo anonimato no será contraproducente?
—Eso lo valoramos desde un inicio, pero con las regulaciones...
—¿Regulaciones?
—La Isla del Coco puede tener una capacidad de desarrollo mayor si se dan las condiciones. Por ejemplo, en un sendero solo se permite caminar a grupos de 20 personas; si hubiera 10 senderos, se podría atender a más personas.


***
Víctor Acuña es la persona que está al frente del grupo de guardaparques asignados por el Gobierno a la Isla del Coco. Lleva nueve años en este parque nacional, y dice haberse encontrado con seres extraterrestres en numerosas ocasiones. Hasta cuatro veces por semana.
Son las 8 de la noche del 2 de mayo, y Acuña está sentado junto a mí en la barra del Tortuga bar, en la cubierta del barco. Un empleado pasa el aspirador. Hay poca gente, abajo aún están sirviendo la cena. Tiene 37 años, la cabeza rapada al cero, es musculoso, lleva un reloj deportivo en su mano izquierda, y ahora está pidiendo un jugo. No toma nada que tenga alcohol.
La conversación, que no entrevista, está al inicio dentro de lo que dicta la lógica entre un periodista y un funcionario. “No queremos más turistas, sino investigadores”, me dice. De repente, aparece el tema.
—Estoy totalmente convencido de que hay vida en otros planetas.
Ante la cara de extrañeza, se anima a dar el porqué de su convicción. Cuenta cómo entre todos los empleados está extendida la misma idea, cuenta cómo un día se les paró la patrulla en alta mar y un disco volante los iluminó, cuenta incluso que una vez lo regresaron en el tiempo, pero se recrea en especial con un suceso en concreto, el ocurrido el 26 de diciembre de 2004,
—Fue cuando el tsunami. Aunque usted no lo crea, está relacionado. Apareció un disco sobrevolando Wafer, se detuvo y me dio la información: “Estamos extrayendo energía bajo tierra”. Lo estaban haciendo a seis millas de la isla y a 22 kilómetros de profundidad. Los compañeros que salieron a patrullar vieron luces esa noche a seis millas, y hay un historiador que estaba esos días por aquí que tomó una fotografía en la que aparece un disco raro.
La teoría de Acuña, lo dice convencido y convincente, es que los extraterrestres amortiguaron esa noche posibles réplicas en este lado del Pacífico del poderoso terremoto que originó el tsunami en el Índico.
—¿Y no te importa que publique esto?
—Sé que la gente se ríe, pero todo lo que te he dicho es verdad.
Víctor Acuña, repito, es la persona que está al frente del grupo de guardaparques asignados por el Gobierno a la Isla del Coco.


***
Son las 5 de la tarde en el aeropuerto Juan Santamaría de San José, la capital. El vuelo de regreso a El Salvador despegará dentro de 25 minutos por la puerta de embarque número 5. Cerca, frente a la puerta 4, hay una tienda llamada Britt Shop que vende recuerdos.
Es un negocio bien iluminado, limpio y amplio. Tiene forma de L y para recorrerlo entero es necesario caminar 36 pasos. Venden variedad, con la única premisa de que identifique al país. Café, ropa con guiños nacionales, artesanías, bisutería, peluches de fauna autóctona. Entre todo eso, hay también muchos y variados objetos que tienen la inscripción “Pura vida”: imanes, camisetas naranjas para mujer, grises para hombre, cachuchas, una pegatina de una iguana surfeando, llaveros...
Se acerca una de las dependientas.
—De la Isla del Coco poco tienen, ¿no?
—Sí, viene muy poco —responde ella con una blanca sonrisa.
—Gracias.
—Un gusto.
La Isla del Coco está fuera del menú turístico que ofrece Costa Rica a sus visitas. No tiene hoteles ni carreteras ni buses ni estadios de fútbol ni puerto ni cementerio. Ahora ha salido del anonimato para convertirse en el estandarte regional de la competencia para la elección de las Siete Maravillas del Mundo Natural. Y lo ha conseguido manteniéndose como es: virginal, enigmática, verde, cruda.
***
Esta crónica fue publicada en la edición del 6 de julio de 2008 de la revista Séptimo Sentido (página 12).

sábado 24 de mayo de 2008

Una ejemplo de la cooperación española en El Salvador


Un puente a ninguna parte


Por Roberto Valencia.


Hasta el rey de España ha oído hablar del nuevo puente de Cacaopera.
No es una exageración literaria. A Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, a Juan Carlos I, alguien le contó que un majestuoso puente comunica dos recónditos caseríos de Cacaopera. Desde hace seis meses, el río Torola ya no es obstáculo para los escasos –escasos– vecinos de esa zona. Quizá por eso, el rey sintió la necesidad de felicitarlos.
—Quiero expresar mi calurosa enhorabuena a las comunidades salvadoreñas del departamento de Morazán, cuyas comunicaciones, economía agrícola, desarrollo turístico y bienestar social se verán multiplicados por la construcción del puente.

La felicitación la oyeron las 300 personas que el 16 de enero en la mañana estaban en el Teatro Real de Madrid. Ramiro Cortez, Ramiro, la escuchó recostado en una silla de plástico negro y aluminio. Viajó desde Morazán hasta España, y lo sentaron a tres metros del rey. Como le habían sugerido-ordenado días atrás, iba vestido para la ocasión. Llevaba un saco azul marino, zapatos bien lustrados, una camisa blanca abotonada hasta el cuello y corbata a rayas.
—El rey es grande, pero... será que yo no estoy acostumbrado a estar con personalidades así, yo lo miraba como que éramos iguales... en la sociedad. Le saludé, le di la mano, y hablamos un poquito.

Fue muy poco lo que hablaron. No hubo tiempo para los detalles ni para la polémica. No hubo tiempo para contar la historia que hay detrás del puente de Cacaopera.


Oí hablar por primera vez de ese puente el 4 de marzo en la mañana, mes y medio después de que lo elogiara en Madrid Juan Carlos I. Fue en la Embajada de España. Ante su inminente marcha del país, el embajador saliente, Jorge Hevia, invitó a desayunar a los periodistas que trabajamos en El Salvador y que tenemos pasaporte de aquel país. El puente de Cacaopera fue parte de lo comentado por Hevia. Lo citó como un ejemplo del poco eco mediático que tienen algunas obras construidas por la cooperación española. No fueron estas sus palabras, pero lo que quiso decir fue que la inauguración de un puente que lo conoce hasta el rey había pasado sin pena ni gloria por la agenda periodística nacional.

La cooperación española es de las que más coopera. Los números de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) de 2006, los últimos que están consolidados, ubican a España como el país que más dinero destina al desarrollo de El Salvador: $53 millones en esos 12 meses. En segundo y tercer lugar están Estados Unidos y Japón. Juntos –juntos– suman $55 millones.

Las cifras llegaron a mi correo electrónico dos meses después, pero desde el mismo día del desayuno en la embajada el puente de Cacaopera se perfiló como la excusa perfecta para abordar el poco explorado tema de la cooperación internacional, y para retratar si una obra de esta envergadura cambia la vida de sus beneficiarios. Así estaba concebido este artículo... hasta la llamada.

Esto es lo que se escucha cuando uno marca el 2651-0206: “¡Presente por la patria! Se ha comunicado con la Alcaldía de Cacaopera. Si desea comunicarse con el señor alcalde, marque 20; enviar un fax, 21; secretaria...” Marqué el 20, y logré hablar con un señor que se llama José William Argueta Canales y es el alcalde. Gobierna este municipio de 11,000 habitantes bajo la bandera, obvio, del partido ARENA.

Unos pocos minutos de plática telefónica con Argueta fueron suficientes. Debajo del discurso políticamente correcto –“Quiero agradecer al rey Juan Carlos...” “Es una obra de desarrollo más para mi pueblo”– había cierto de grado de resentimiento por su construcción, por haberse construido donde se ha construido y, sobre todo, por ser una obra que llegó al pueblo por la gestión de comunidades que simpatizan con el FMLN.

Fue una primera impresión. Semanas después, cuando entrevisté a Argueta en un restaurante de San Miguel, se disiparon las pocas dudas que quedaban.
—¿No suena más sensato hacerlo donde lo use más gente? –le pregunté. Ya les ampliaré más luego, pero hay quien opina que el puente excede las necesidades de la zona.
—Realmente suena más sensato, pero en realidad, si yo me hubiera puesto a hacer esas situaciones... De por sí es una comunidad contraria a mi persona y a mi ideología, así que si yo hubiera hecho eso, se habrían puesto peor, porque al principio manejaban que el FMLN era el que estaba haciendo el puente, y yo me paré y les dije: “Si es así, pues lo paramos”. Porque lo está haciendo la cooperación española.
—Entonces, está metida la política en este asunto.
—Claro, sí, sí.
—¿Son comunidades que simpatizan más con el FMLN?
—Un 90%.
—¿Y cómo miden si una comunidad es más afín a un partido o a otro?
—Mire, el territorio de Cacaopera está como marcado. Yo tengo mis cantones, como son el cantón Calavera, el cantón Ocotillo, cantón Sunsulaca, el área urbana... Y ellos son fuertes en Agua blanca, Guachipilín, Junquillo... pero son comunidades pequeñas.


Lo había visto ya en fotografías, pero no fue hasta el 9 de abril cuando pude admirarlo. Lo primero, precisar que llamarlo puente de Cacaopera es correcto, porque pertenece a Cacaopera. Pero, por lo escondido que está, su uso hoy por hoy se limita a los habitantes de dos caseríos: El Rodeo y Colón, al sur y al norte del río Torola, respectivamente.

Hay dos placas conmemorativas en la estructura. Las dos son doradas y relucen como si las limpiaran todas las mañanas. Parecen espejos. Aún nadie se las ha robado. Es Morazán. A una de ellas le han dado un par de pedradas –“Cipotadas”, me dijo un lugareño–. La otra revela la inversión total: $434,700. Mucha plata. Es, con diferencia, la obra más cara que se ha concluido en el municipio desde la llegada de Argueta a la alcaldía hace dos años, pero los méritos son de líderes de los cantones de la oposición. Quizá por eso el resentimiento.

Con ese dineral se levantaron en apenas seis meses los 57 metros de longitud que tiene el puente. Es de concreto armado, pero lo nuevo y el sol casi consiguen que se vea blanco. Dentro de las vallas que lo delimitan a lo largo hay espacio para dos grandes arcos que lo singularizan, un amplio carril para vehículos, y dos zonas peatonales, una a cada lado del carril. Casi ningún peatón usa la zona peatonal.

Debajo está el Torola, el río al que solo el Lempa y el Grande de San Miguel le quitan el honor de ser el más extenso del país. El día anterior había llovido, y bajaba más cantidad de agua y más achocolatada que lo que se suele ver en abril. No había silencio, tampoco ruido. Allí suena a río. Alrededor no hay residenciales, ni centros comerciales, ni letreros que recuerdan el sentido humano ni nada por el estilo. Tampoco hay asfalto. Se mire hacia donde se mire, lo que se ven son grandes árboles en un primer plano, y detrás, cerros.

Un lugar idílico. Y el puente, me cuentan, está sirviendo como reclamo para que comience a llegar gente. Turistas, los llaman. La mañana de mi visita no vi ni uno solo, pero puedo afirmar que llega gente. En el suelo, regados alrededor de uno de los pilares de concreto que sostiene el puente conté una bolsa de Papasitas Bocadelli, una de Palitos Diana, un minipack Campero “Tierno, jugoso y crujiente”, un envoltorio de un helado Palykakao de Río Soto, una botella de Aqua Pura de 600 ml, un pamper usado, un vaso desechable y desechado, dos paquetes de cigarrillos Delta rojo, una tarjeta de Tigo de $1.50, dos bolsas de Buenachos, hormigas, una botella de Salvacola aplastada, otra tarjeta de Tigo de $1.50 y una botella de Coca-Cola de dos litros, entre otros elementos que en El Salvador parecen ser indispensables para disfrutar de un buen día de playa en un río.

Ocho días antes de conocer ese tramo del Torola, me había reunido con Guillermo en Antiguo Cuscatlán, en su oficina-hogar de la residencial Lomas de San Francisco. Guillermo Candela García vive en El Salvador desde 1993, tiene esposa e hijos salvadoreños, pero él y su acento son españoles. Nació hace 42 años y es ingeniero de Caminos. Su especialidad, dice, los puentes. Él diseñó el de Cacaopera, y la empresa de la que él es director de ingeniería lo construyó. No solo eso; sin su intervención, nunca se podrían haber puesto en contacto los cooperantes con los cooperados.
—¿Cuántos carros estarán usando el puente?
—Pues muy pocos. A lo mejor pasan cuatro o cinco camioncitos diarios.
—¿Y no le queda la espinita de haber hecho un puente que casi no se usa?
—No, en absoluto.

Esas preguntas fueron casi al final de la entrevista. Antes me había explicado algo que requería una explicación: cómo las personas que financiaron la obra supieron desde Madrid las necesidades de los caseríos El Rodeo y Colón, y el porqué de la generosa donación.

En España hay un grupo empresarial que se llama Acciona. Hoy es un monstruo que aglutina a más de 100 empresas, que opera en los cinco continentes y que, pese a la tan traída y llevada crisis, en los tres primeros meses de este año tuvo ingresos brutos por casi $1,000 millones. A ver, de otra forma. Este grupo promedió del 1.º de enero al 31 de marzo ingresos brutos diarios por $11 millones, más de lo que el Gobierno salvadoreño le asigna al Hospital de Maternidad para todo un año.

Al frente del emporio está la familia Entrecanales. El presidente de Acciona se llama José Manuel Entrecanales y el vicepresidente, Juan Ignacio Entrecanales. Existe una fundación que lleva el nombre del abuelo –Fundación José Entrecanales Ibarra—, y que el año pasado creó el premio Cooperación al Desarrollo. Básicamente, consiste en que ellos entregan 300,000 euros, unos $470,000, para construir un puente en algún país subdesarrollado. No piden contraparte. Solo seriedad en la ejecución.

Guillermo, el ingeniero, trabajó años atrás para los Entrecanales. Sabían de él y de su trabajo, y lo llamaron para que les presentara algún proyecto. Él se puso en contacto con Ramiro –el que platicó con el rey–, y prepararon a la carrera la propuesta que a la postre resultó ganadora. Ambos se conocían de antes. A mediados de la década pasada, Guillermo diseñó otro puente en Cacaopera. Este está sobre el río Chiquito, un tributario del Torola, y es parte de la carretera –hoy– pavimentada que desde el centro urbano –es un decir– de Cacaopera se dirige al centro urbano –ídem– de Corinto. En aquella ocasión lo financió la cooperación francesa; hoy, la española.
—Nosotros –dice– les apoyamos técnicamente e hicimos la intermediación, pero la propuesta debía ser de la asociación.

Que sobre el puente vehicular que diseñó casi no pasen vehículos no es algo que le quite el sueño a Guillermo. Dice que el que se inauguró en 1996 sobre el río Chiquito era –también– “un puente a ninguna parte”. Esas fueron sus palabras. Y hoy forma parte de la pavimentada a Corinto.
—¿Un puente peatonal no habría sido suficiente?
—Vamos a ver... Es que ese es el eterno dilema de la cooperación en todas las partes. ¿Cómo hago las cosas? ¿Medio mal, pero para todos, o las hago bien para unos pocos? ¿Le pongo una champita con cuatro palos a mil gentes o hago una casa un poquito más en condiciones para 50? El planteamiento mío ha sido dejar una obra de calidad que no sea pan para hoy y hambre para mañana, y que sirva como puerta de entrada para futuros proyectos.


Cuesta llegar hasta donde está el puente. Nadie llega allí por casualidad. No hay buses ni microbuses ni mototaxis que se atrevan a echarse ese camino. No hay calles asfaltadas que lleguen a El Rodeo, el caserío ubicado al sur del río. Quizá por eso, la destartalada carretera Cacaopera-Corinto es todo un referente. A pesar de sus mil y un baches, la llaman con respeto La pavimentada. Pero está a más de tres kilómetros.
—Para llegar al puente hay tres kilómetros de infarto –me había advertido Guillermo.

Es aún peor en el otro lado, del Torola hacia el norte. Cuando se deja el puente, hay un pequeño tramo terraceado hasta las primeras casas del caserío Colón. Después solo hay una estrecha vereda, transitable en todo caso por mulos y caballos. Si hubiera calle, aunque fuera polvosa, se podría llegar a Joateca, pero no la hay.

Para la inauguración oficial de la obra, el pasado 1.º de diciembre, los invitados especiales llegaron en helicóptero. Y sí ameritaban el calificativo de especiales. El vicepresidente del emporio Acciona, Juan Ignacio Entrecanales, vino desde España para cortar la cinta, y para ver con sus propios ojos que el casi medio millón de dólares donado se había invertido bien. El puente lleva el nombre de su abuelo. Dicen quienes estuvieron allí que el nieto se regresó satisfecho, complacido.

Esa inauguración es la que pasó casi inadvertida en la agenda mediática nacional, y la que originó, semanas después, el velado reclamo del ex embajador español Hevia. Pero no se trata solo de que apenas hubiera periodistas. Tampoco llegaron ministros ni diputados ni el gobernador departamental. Ni siquiera un representante de la Alcaldía de Cacaopera hizo acto de presencia. El territorio de Cacaopera está políticamente marcado. Fue, prácticamente, un evento para los españoles benefactores y para los vecinos beneficiados.

Conocí y platiqué con un buen número de estos últimos en mi visita al puente. Vicente Ramos Pereira –60 años, sombrero blanco, corvo envainado–, a quien la obra le permite ahora ampliar el recorrido de su paseo matutino. José Geovanny –mochila al hombro, quinto grado, camiseta de la selección argentina–, a quien se le facilita ir a la escuela de El Rodeo desde Colón. Santos Pérez –30 años, cachucha, bigote–, quien junto a su primo pasó toda la mañana llevando costales de arena sobre un mulo de nombre Canelo y un caballo llamado Oso, de un lado a otro del puente.

Impensable hace tan solo un año. Antes, sobre todo durante la estación lluviosa, el río solo se podía atravesar con cable y garrucha. Ahora, se benefician de la inversión de $434,700 unos 600 pobladores de los dos caseríos y algún que otro visitante ocasional. ¿Mereció la pena? Hay repuestas para todos los gustos. Lo que sí parece más claro es que se le fue un poco la mano a quien escribió el comunicado oficial que emitió la Casa Real española: “La construcción de esta obra permitirá resolver los grandes problemas de desarrollo económico y social, educativo y sanitario del municipio de Cacaopera, derivados de su difícil acceso”.


El número del celular de Ramiro me lo dio Guillermo. Ramiro Cortez nació hace 32 años en Cacaopera, y sigue viviendo allí. Quizá haya sido el primer vecino de ese municipio que saluda y platica con un rey. Es moreno de piel, bajito pero fornido, y un bigote es lo más distintivo que hay en su rostro. El deseo de entrevistarlo era por ser el director de Campesinos para el Desarrollo Humano (CDH), la organización no gubernamental que intenta amortiguar la práctica ausencia del Estado en la zona norte de Cacaopera.

La cita con él fue en la clínica comunal del caserío El Rodeo. Es una especie de unidad de salud con la salvedad de que no depende del Gobierno, sino que la sostiene la comunidad. Hay otra diferencia que salta a la vista. Está pintada de rojo y blanco, en vez del azul y blanco que caracteriza a los centros que dependen del Ministerio de Salud.

Allí estaba Mónica Dhand, la doctora, y su apellido no engaña. Es extranjera. Tiene 28 años, voluptuosa y lleva piercing en la nariz. Nació en Filadelfia, y allí vivía hasta que el año pasado se interesó en un programa que la universidad en la que estudia ofrece a sus alumnos. La oferta se puede resumir en realizar las horas sociales en países subdesarrollados. Un grupo se fue a Tanzania; ella prefirió El Salvador.

En la habitación donde platiqué con Ramiro, dentro del edificio que alberga la clínica, me encontré con Monseñor Romero y Schafik Hándal. Fuera, sobre la fachada principal, se leía en grandes letras de colores Bienvenidos Feliz Navidad y próspero Año Nuevo. En abril.

Durante una hora, Ramiro me contó sobre los proyectos financiados por la cooperación internacional, sobre el puente, sobre la visita a Madrid, sobre la polémica con el alcalde. Y, viviendo tan cerca del puente, pensé que era la persona indicada para resolver de una vez por todas la pregunta.
—¿Cuántos carros pasan por el puente al día?
—Ahorita, quizá dos o tres, que van a traer o a dejar cosas al otro lado, y todo eso. Digamos que viéndolo así, a corto plazo, pues puede ser que no esté dando el gran beneficio por lo que costó, pero para nosotros sí, porque el simple hecho de que pasen más favorable los niños, y los ancianos también, eso ya es para nosotros ganancia.

La obra vino como caída del cielo. Todo fue muy rápido. Tanto que incluso se obviaron algunos requisitos legales, como el permiso ambiental, por citar un ejemplo. Ahora, hasta Ramiro admite que supera las expectativas que tenían.
—Talvez en un momento no esperábamos ya tener un puente vehicular, sino que más que todo pensábamos en una pasarela.
—¿Una peatonal?
—Sí, correcto, una peatonal, pues por la cuestión de que no querían financiar...
—¿Una de hamaca?
—Correcto. Pero luego nos financian en su totalidad el proyecto, y se hizo el puente vehicular, que hasta el momento es el mejor que está aquí en El Salvador, según dicen.

Su solidez no está en discusión, pero sí su futuro. El puente se ha construido en una zona que se inundaría si alguna vez se concretan los planes de la Comisión Ejecutiva Hidroeléctrica del Río Lempa (CEL). El agua lo cubriría por completo.

Si de represas se habla, el río Torola aparece ligado a la palabra Chaparral desde hace años. Este proyecto afecta a la zona norte del departamento de San Miguel, lejos de Cacaopera; sin embargo, no es el único embalse que la CEL tiene contemplado crear en ese afluente a medio y largo plazo. Y una de esas otras represas dejaría bajo agua el puente José Entrecanales Ibarra.

Ya llegaron incluso a El Rodeo algunos técnicos a hacer mediciones. Y un grupo de vecinos se desplazó después a pedir explicaciones en la CEL, y les confirmaron que el proyecto está ahí, engavetado porque hoy no es la prioridad, pero con la idea de realizarse. Lo sabe Ramiro –“Si hacen la represa, sí, se pierde”– y lo sabe Guillermo –“Habrá problemas cuando CEL decida hacer el total aprovechamiento hidroeléctrico del río”–, pero el puente se hizo, los $434,700 fueron invertidos.


Dicen ahora que El Salvador es un país de renta media –casi– alta, pero Cacaopera sigue pobre, apagada, sedienta. Al municipio ya llegó Red Solidaria, el programa de entrega de bonos mensuales de $15 o $20 para que los niños estudien y vayan al médico. Es uno de los municipios más pobres de El Salvador, y los caseríos El Rodeo y Colón son dos de los más pobres de Cacaopera.

Ya se ha dicho que no llegan el asfalto ni los buses. Tampoco hay agua potable. Los que han podido pagar cientos de metros de manguera la traen por cuenta propia desde el cerro El Boquerón. Junto al puente hay un puñado de esos tubos negros que cruzan suspendidos en los árboles el río Torola. Tampoco hay energía eléctrica. Unas pocas familias de El Rodeo han podido comprar un panel solar. La cooperación alemana los instaló en la clínica comunal, se ve que funcionan para lo básico, y cundió el ejemplo entre quienes se lo podían permitir. Tampoco hay instituto para estudiar bachillerato. Por no haber, no hay ni iglesias evangélicas.

Lo que no parece faltar es el optimismo.
—¿Aquí mucha gente tiene caballo? –pregunto a Ramiro.
—Antes era más. Era una necesidad. Pero aquí ahora, aunque no llega el transporte, sí hay facilidades. A cualquiera se le pide un viaje y se le da aventón.
—¿Y hay muchos carros en esta zona?
—Sí, por lo menos hay unos cuatro vehículos

Nacido en Cacaopera, el alcalde Argueta también irradia optimismo. A pesar del puente, aspira a ser reelegido. Cuando me lo encontré llevaba una camisa de botones con el emblema del partido. Lo había ido a buscar a la alcaldía, pero me dijeron que estaba en San Miguel.

La alcaldía, en pleno centro, está recién remodelada. Gastaron $60,000 y la dejaron con un suelo embaldosado y brillante, tan brillante que parece mojado. Le añadieron una segunda planta, le redecoraron la fachada con pintura blanca, azul y roja, y compraron unas sillas plásticas para comodidad de los visitantes. Casualmente, son de los mismos tres colores.

Para la inauguración oficial, el pasado 24 de octubre, llegó el presidente de la República, Antonio Saca. También diputados y el gobernador departamental. Era miércoles, pero suspendieron las clases de algunos centros educativos para que los niños pudieran ver a su presidente. Una plaza llena luce más.

Mes y medio después, se inauguró el puente en El Rodeo. Y otro mes y medio más tarde fue el evento en el Teatro Real de Madrid con el rey.
—Me dijeron –dice Argueta– que íbamos a ir a España a recibir el premio y después no me invitaron.
—¿No le llegó invitación?
—No.
—Pero usted fue invitado a la inauguración, y no asistió.
—Cierto, me invitaron, pero yo me disculpé porque estaba fuera del país, y puedo demostrarlo con el pasaporte y todo.
—¿Y no pudo llegar nadie en su representación?
—Yo delegué en el segundo concejal propietario, pero no fue, y ahí yo no podía obligarlo.
—¿Y al acto de Madrid ni lo invitaron?
—No.
—¿Y cómo lo interpreta usted? ¿Una represalia por no haber asistido al primer evento?
—Sinceramente, no sé. Yo, como creo mucho en Dios, pensé que si no me habían invitado era porque quizá algo me iba a pasar.

Hablamos un poco más sobre el puente, sobre su mantenimiento y sobre las diferencias políticas al interior del municipio. Si en algo se mostró claro Argueta fue en asegurar que llevar el asfalto hasta la nueva estructura no es algo que pueda hacerse con los montos que maneja la alcaldía. Salvo que el Gobierno o la cooperación extranjera tomen cartas en el asunto, el de Cacaopera seguirá siendo un majestuoso puente a ninguna parte.


Vea mas imágenes del puente aquí.
Esta crónica apareció publicada en la edición del 25 de mayo de la revista Enfoques, de La Prensa Gráfica.